El Club de la Pelea y la crisis de masculinidad moderna

Siempre he buscado cuestionarme aspectos fundamentales de la realidad y de mi propia identidad a través de la filosofía. El tema de la masculinidad no ha sido la excepción.

Definir la masculinidad ha sido todo un reto. La expresión “ser un hombre masculino” parece evidente hasta que uno intenta explicar qué significa realmente.

En este ensayo intentaré compartir mi perspectiva. Hablaré de las ideas sobre la masculinidad con las que crecí, de cómo moldearon mi forma de entender lo que significaba “ser un hombre” y de por qué creo que El Club de la Pelea captura, mejor que muchas obras, la búsqueda de propósito que atraviesa a tantos hombres.

Cada avance social, cada cambio económico, tecnológico o cultural genera tensiones que muchas veces pasan desapercibidas. Mientras nace algo nuevo, lo viejo se resiste a desaparecer. Y en ese espacio intermedio aparecen la incertidumbre y el vacío. Los seres humanos llevamos muy mal los vacíos; sentimos la necesidad de llenarlos con aquello que tengamos más a mano, ya sea algo constructivo... o profundamente destructivo.

Algo de contexto:

Nací y fui criado en Venezuela. Fui niño y adolescente entre finales de los 90 e inicios de los 2000.

La idea que absorbí sobre lo que significaba ser hombre era esta:

Llorar era “de niñas”. Pedir ayuda era una señal de debilidad. Un hombre debía resolver por sí mismo. Admirábamos al que peleaba, al que conquistaba más mujeres, al que nunca parecía tener miedo. Había que saber cambiar una llanta, arreglar un enchufe, beber sin perder el control y hacer dinero. Era importante ser respetado.

De alguna u otra forma, estas expectativas, estos mandatos sociales, estaban moldeando la persona en la que me convertiría.

Aunque, curiosamente, nunca recuerdo que alguien me sentara un día a explicarme qué significaba ser hombre. Nunca nadie me lo explicó. Y, sin embargo, esas ideas estaban por todas partes.

En medio de las bromas, en los silencios, en las películas, en los insultos. En aquello que se admiraba y en aquello que se castigaba.

Simplemente lo fui aprendiendo. Supongo que así es como se va difundiendo la cultura.

Al final, somos seres de tribu. Ninguno construye su identidad completamente desde cero. Absorbemos valores, costumbres y expectativas de quienes nos rodean. Eso no tiene nada de extraño; probablemente así es como las sociedades logran transmitir aquello que consideran importante.

Por eso, es importante recordarnos estar conscientes de que estas expectativas están ahí y están afuera. No para rechazarlas todas, sino para atrevernos a cuestionarlas, dado que, si no les prestamos la atención debida, con el tiempo terminan formando parte de nuestra propia voz.


Parte 1: ¿Qué tengo que demostrar para que los demás me consideren un hombre?

Intento reírme de ello, escondiendo las lágrimas de mis ojos porque los chicos no lloran — The Cure – “Boys Don't Cry” (1979).

La dureza emocional

Recuerdo que cuando era niño rara vez veía llorar a un hombre. Y, cuando ocurría, casi siempre era a escondidas. Me daba la sensación de que llorar en público era de mala educación para un hombre; era como si tuvieras que hacerlo en privado, tal como si fueras a bañarte, cambiarte de ropa o acomodarte la entrepierna.

Muchos años después entendí que aquello no tenía tanto que ver con las lágrimas como con la identidad. Llorar parecía poner en riesgo la imagen de hombre que uno debía sostener frente a los demás. Poco a poco fui aprendiendo la misma lección. Si quería ser reconocido como hombre, lo más prudente era evitar mostrar ciertas emociones.

Mostrar miedo o tristeza se percibía como una señal de debilidad. Y la debilidad, al menos en el mundo en el que crecí, parecía acercarte peligrosamente a dejar de ser considerado un hombre.

Años después encontré una idea del psiquiatra James Gilligan que puso en palabras algo que yo intuía desde hacía tiempo.

En Violence: Reflections on a National Epidemic.

Gilligan sostiene que las culturas tienden a asignar emociones “permitidas” según el género. En muchos hombres, la ira, la agresividad, la competitividad o la dominancia son aceptadas; en cambio, la tristeza, el miedo, la ternura, la vulnerabilidad o incluso la vergüenza suelen ser reprimidas.

Creo que muchos hombres crecimos sin un lenguaje emocional lo suficientemente amplio para comprender lo que nos ocurría. Cuando la tristeza, el miedo o la vulnerabilidad dejan de ser opciones aceptables, la ira termina convirtiéndose en una de las pocas emociones que aún podemos expresar sin sentir que ponemos en riesgo nuestra identidad.

Entonces, ¿qué precio pagamos por convertir algunas emociones en una amenaza para nuestra identidad?


La necesidad de mostrar estatus y poder

«No eres tu trabajo. No eres la cantidad de dinero que tienes en el banco. No eres el coche que conduces. No eres el contenido de tu cartera». – Tyler Durden, El Club de la Pelea

Recuerdo una conversación después de un congreso de Software Libre. Éramos varias personas hablando de tecnología, proyectos y carreras profesionales. Casi todos tenían trayectorias impresionantes; habían construido cosas interesantes o trabajado en proyectos que yo admiraba.

En esta charla se hablaba de temas avanzados, y todos en el grupo tenían muchos temas de conversación y muchas experiencias que compartir, excepto yo (bueno, yo era el más joven en aquel entonces), o al menos esa era mi sensación.

En cuestión de minutos empecé a sentirme pequeño. Como si mi valor en esa conversación dependiera de demostrar que yo también merecía estar allí.

Era como si todos lleváramos las medallas de nuestros logros colgadas al cuello, y yo no llevaba ninguna (o al menos eso sentía).

Inmediatamente sentí una necesidad muy fuerte de demostrar que yo también sabía de tecnología. Que también había construido cosas. Que también tenía valor.

Sin que nadie me preguntara, terminé hablando de algunos cursos y proyectos en los que trabajé. Fue una respuesta casi automática, y la forma en que lo hice resultó bastante forzada e incómoda.

Con el tiempo entendí que no estaba intentando aportar a la conversación. Estaba intentando justificar mi presencia en ella.

En Venezuela pasaba, y seguramente todavía pasa, que, en algunos barrios pobres, cuando un hombre compraba un carro, una de sus prioridades era instalar un buen equipo de sonido. La música no solo debía sonar bien; debía sonar fuerte, porque de esa manera sería notado, sería percibido. No solo por las mujeres, sino por todos. Siempre me pregunté si, detrás de ese gesto, también había una necesidad profundamente humana de ser visto.

“Miren, estoy aquí. Vean que valgo. Vean que existo.”

¿Qué pasa cuando sentimos que tenemos que demostrar constantemente que merecemos ocupar un lugar?

Esta misma respuesta la he visto en otros círculos en los que me he movido: círculos intelectuales, donde se habla de libros y de temas de filosofía y ciencia. No todo el tiempo, pero sí muchas veces. Hay una competencia constante por mostrar quién tiene más estatus, quién es más elocuente, más inteligente o más sabio y, por consiguiente, gente tratando de defenderse.

También en círculos deportivos, sobre todo en el fútbol. Jugadores que, teniendo un nivel muy alto, opacaban a otros, y cómo esas personas les rendían una especie de pleitesía o admiración desmedida por ello.

No creo que esto sea exclusivo de los hombres.

Pero la presión sobre mis congéneres es mucho más fuerte.

La he visto, la he sentido y soy consciente de que, a veces, me pasa.

Esa necesidad de mostrar que tienes valor, que eres importante, que has hecho cosas interesantes, que eres hombre. Típicamente lo ves todos los días a través de gente mostrando que tiene dinero, que tiene muchos carros, que tiene propiedades. Que son mejores que el resto.

Hombres que quieren alardear de la cantidad de proyectos que han hecho, de compañías exitosas que han construido, de imperios que han edificado, de los papers que han publicado, del peso que son capaces de cargar en el gimnasio.

Y, sin embargo, por alguna razón nunca parece suficiente ser simplemente un ser humano con un código genético y una historia irrepetibles.

Con los años empecé a reconocer esa misma dinámica en casi todos los espacios que frecuentaba: tecnológicos, deportivos, académicos, políticos e incluso espirituales.

Lo que sí he conocido son hombres que eran conscientes de su estatus y poder, y de esta misma dinámica, y aun así no lo usaban para su conveniencia. Lo utilizaban para el bien, para unir en torno a una causa, para fortalecer el grupo o la comunidad, para enviar un mensaje. Le quitaban peso y decían que no era para tanto, pero sabían que esa dinámica era casi imposible de evitar.

Quizá el problema nunca fue el estatus. El problema aparece cuando empezamos a utilizarlo como sustituto del valor personal.

Debo proveer

«Solo se ama incondicionalmente a las mujeres, a los niños y a los perros. A un hombre solo se le ama con la condición de que provea». — Chris Rock

No sé si esa afirmación es cierta en todos los escenarios. Pero sí expresa una idea con la que muchos hombres crecimos: nuestro valor parece estar profundamente ligado a nuestra capacidad de proveer.

Una vez, hablando con un amigo de Noruega, me comentó que había conocido a una chica que le atraía y que luego se dio cuenta de que ella contaba con unos ingresos enormes y un estilo de vida que para él era demasiado “lujoso”. Básicamente, la diferencia de ingresos entre ambos era muy grande.

Me contó que, aunque hubiera química y ambos se gustaran, no sabía cómo relacionarse o qué “llevar a la mesa”, dado que siempre había estado en relaciones donde él tenía más dinero que la chica o donde la diferencia entre ambos era muy poca.

Me empecé a preguntar: ¿por qué tendría que llevar algo?

¿Por qué no bastaría con ser él? ¿Y no aplicaría también para ella?

Esa conversación me llevó a pensar en mi propia experiencia, y ha sido casi igual. No sabría qué hacer si una chica pagara mis cuentas y tuviera mucho más dinero que yo. No creo que me hiciera sentir menos como persona. Pero sí pondría en crisis un papel que durante muchos años di por sentado. Me sentiría perdido. Me he acostumbrado tanto a una forma de ver las cosas, al rol que he tenido dentro de ella y al vínculo que he formado entre el dinero y mi lugar dentro de la relación, que no sabría qué hacer.

Me parece una pena pensar que dos personas podrían construir una relación sana y, sin embargo, nunca llegar a intentarlo porque ambos sienten que están rompiendo un guion que aprendieron hace muchos años.

Recuerdo la primera cita que tuve con una chica en España. Ella insistió en invitarme y pagar la cuenta. Fue un gesto sencillo, pero me dejó completamente descolocado. No porque me molestara. Al contrario. Lo que me sorprendió fue descubrir lo profundamente que tenía interiorizada la idea de que ese era mi papel.

El mandato de proveer está profundamente ligado al estatus y al poder. Durante mucho tiempo, al menos en el entorno en el que crecí, parecía que una parte importante del valor de un hombre dependía de su capacidad para generar recursos y sostener a los demás. Por eso, cuando un hombre no puede cumplir ese papel, no solo enfrenta dificultades económicas; muchas veces también siente que su propia identidad está siendo cuestionada. Aparece el miedo a dejar de ser visto como capaz, competente o digno de admiración. Y eso no me parece correcto ni justo, porque el dinero nunca depende únicamente del esfuerzo individual. Hay circunstancias, oportunidades y privilegios que escapan a nuestro control.

Sin embargo, seguimos actuando como si el valor de una persona pudiera medirse únicamente por lo que produce.

Proveer puede ser una expresión muy noble de amor. El problema aparece cuando ya no puedes proveer y sientes que ya no mereces ser amado.

Si mañana, por un accidente, un desastre natural o cualquier razón ajena a tu voluntad, ya no pudieras proveer...

¿Quién seguirías siendo?

La ilusión de la autosuficiencia

En el año 2011, aproximadamente, mi hermano, jugando fútbol, fue por una pelota y se lesionó horriblemente; se rompió un ligamento y se le salió la rótula. Recuerdo que mis hermanos y varios amigos lo ayudaron. Lo operaron de emergencia y quedó inmovilizado durante unas semanas mientras comenzaba su recuperación.

Me di cuenta de que a mi hermano le costó mucho el simple hecho de pedir ayuda: para cargar cosas, para ir al banco por responsabilidades del trabajo o para cualquier tarea que ya no podía hacer con normalidad. Tan impregnada está en nosotros la necesidad de ser autosuficientes que, cuando algo afecta nuestras capacidades de manera temporal o permanente, nos resulta muy difícil pedir ayuda.

Me impresionó descubrir que el dolor físico parecía afectarle menos que la incomodidad de depender de otros.

Sigo creyendo que desarrollar autonomía es algo sano y valioso. Aprender a resolver problemas, hacerse responsable de la propia vida y no depender innecesariamente de los demás son cualidades admirables. Pero también creo que somos seres profundamente interdependientes. A veces ayudar es un acto de generosidad; otras veces, dejarse ayudar también lo es.

Parte II: ¿Qué nos hace falta para mejorar la idea de hombre?


La ausencia de propósito

Viktor Frankl decía que el ser humano necesita un porqué para soportar casi cualquier cómo.

Detecto que el hombre secularizado ha desterrado tradiciones y expectativas, pero con ello también ha dejado un vacío de sentido existencial. Frankl describe ese vacío como un estado en el que una persona ya no sabe para qué vive o hacia dónde va.

Y cuando aparece ese vacío, el ser humano intenta llenarlo.

No necesariamente con cosas buenas.

Lo noto en mí mismo. Cuando no tengo una meta que vaya más allá de mi comodidad inmediata, termino llenando el tiempo con videojuegos, series, redes sociales o incluso trabajo. No porque esas cosas sean malas, sino porque son una forma muy efectiva de no enfrentar la pregunta importante.

Lo curioso es que esas actividades logran distraerme, pero rara vez me dejan satisfecho. Es una diferencia difícil de explicar. Hay una sensación muy distinta cuando termino un ensayo, cuando construyo algo o cuando siento que mi esfuerzo está orientado hacia una responsabilidad que considero valiosa. Ahí no solo estoy entretenido; siento que estoy vivo.

¿No es eso lo que pasa en El Club de la Pelea? El narrador empieza completamente vacío. Tiene trabajo, dinero, apartamento, muebles y estabilidad. Pero no tiene un porqué. Entonces intenta llenar ese vacío. Está vacío porque ninguna de esas cosas responde a la pregunta de para qué vive.

Y luego aparece Tyler.

Este personaje ofrece algo que el protagonista había perdido: una misión.

De repente hay reglas. Hay una causa. Hay una comunidad. Hay sacrificio y, sobre todo, hay una dirección.

El protagonista estaba siendo conformista con su vida. No se rebelaba, hacía lo que los demás le decían, vivía adonde lo llevara la marea, con una actitud completamente pasiva, actuando en modo automático.

Cuando llega el carismático Tyler, el protagonista, junto con los demás miembros del Club de la Pelea, termina cayendo en el totalitarismo. Terminan cediendo ciegamente a su voluntad, sin cuestionar sus acciones.

El Club de la Pelea, en mi opinión, es más una película sobre hombres hambrientos de significado.

Tyler les vende una misión. Y cuando alguien lleva demasiado tiempo sintiendo que su vida no apunta hacia ningún lugar, cualquier misión —por absurda o destructiva que sea— puede parecer mejor que ninguna.

Frankl decía que el sentido no se inventa.

Se descubre.

Y casi siempre aparece cuando dirigimos nuestra atención hacia algo fuera de nosotros mismos.

Tal vez el verdadero antídoto contra el vacío no sea encontrar una misión extraordinaria. Para algunos será criar un hijo. Para otros, enseñar, construir una comunidad, escribir un libro, cuidar un bosque o dedicar su vida a una causa que consideran justa. Lo importante no es la grandeza del proyecto, sino que nos saque del centro de nuestra propia historia.


La pérdida de rituales de iniciación

Durante mucho tiempo no supe decir en qué momento dejé de sentirme un niño. No hubo una ceremonia. Nadie me dijo: “A partir de hoy eres un hombre”. Pero, mirando hacia atrás, creo que ese cambio comenzó cuando tuve que hacerme responsable de la situación económica de mi madre y de la mía.

Fue como un llamado de atención: dejar de esperar que otro resolviera. El Gobierno, la economía, la suerte... Tenía que tomar decisiones, por difíciles que fueran, y asumir sus consecuencias. Darme cuenta de eso me llevó a decidir emigrar de Venezuela. Sabía que no tomar una decisión era, en sí mismo, una decisión peor.

En ese momento entendí que tenía que velar por mí y por mi mamá a la distancia, enfrentándome a un mundo completamente desconocido: sin trabajo, sin ingresos, sin papeles, viviendo por primera vez fuera de mi casa, de mi ciudad y de mi país, lejos de mis amigos y de todo lo que conocía. Todo al mismo tiempo.

Empecé a comprender lo que significaba hacerse cargo de los gastos de agua, luz, transporte, comida y alquiler. Lo que era emigrar sin tener prácticamente nada y empezar desde cero. Lo que era administrar cada centavo porque de ello dependía llegar a fin de mes. Y, con los años, cuando mi situación mejoró, pude ayudar a otros. Primero a mi cuñado, que emigró en circunstancias aún más difíciles que las mías. Después a mi hermana, cuando ella también tomó la decisión de emigrar. Más tarde vendrían otras experiencias y otras responsabilidades.

No fue un ritual de un día. Fue una transformación que se fue forjando durante varios años.

La pérdida de rituales de iniciación

Durante miles de años, muchas culturas tuvieron rituales que marcaban el paso de niño a hombre:

Cazar, servir a la comunidad, realizar el servicio militar, participar en una ceremonia, superar una prueba física, asumir una responsabilidad concreta o soportar dolor físico.

A día de hoy todavía se ve.

Hoy todavía existen momentos de transformación, pero rara vez son rituales compartidos o reconocidos socialmente.

Muchos hombres cumplen treinta años y nunca sienten que “entraron” realmente a la adultez.

¿Qué ocurre en El Club de la Pelea?

Los hombres que llegan al sótano son, en su mayoría, hombres aislados, sin dirección, sin comunidad y sin una identidad clara.

El club funciona casi como un rito de iniciación moderno. Les ofrece una prueba que superar, una comunidad a la que pertenecer y la sensación de haber cruzado un umbral hacia una nueva identidad.

Recibir un golpe. Dar un golpe. Aguantar. Sentir miedo y enfrentarlo. Cruzar un límite.

No es que los hombres necesiten pelear. Es que pareciera que necesitamos transformación y, sobre todo, reconocimiento de esa transformación. Necesitamos momentos que nos hagan sentir que hemos crecido. Que dejamos atrás una versión infantil de nosotros mismos.

El problema es que, cuando una sociedad deja de ofrecer rituales saludables, las personas terminan inventando otros.

Mirando hacia atrás, creo que muchos de nosotros no estábamos buscando violencia. Estábamos buscando una prueba. Algo que nos dijera que habíamos dejado de ser niños. Algo que nos hiciera sentir dignos del respeto de los demás y, quizá más importante, del nuestro propio.

Tal vez hoy no necesitemos recuperar los antiguos rituales de iniciación. Pero sí necesitamos experiencias que nos obliguen a asumir una responsabilidad real. Cuidar de alguien. Comprometernos con una comunidad. Sostener un proyecto difícil. Enfrentar un duelo. Emigrar. Construir algo que exista más allá de nosotros mismos.


Reconocer y Conectar con nuestro “Tyler Durdeen”

«Uno no se ilumina imaginando figuras de luz, sino haciendo consciente la oscuridad» -Carl Jung

En el artículo anterior, sobre el carácter, comentaba brevemente cómo durante muchos años fui una persona muy complaciente. Me costaba decir que no, poner límites o pedir lo que realmente quería. Tuve que atravesar la ruptura de una relación muy larga para empezar a tomarme en serio ese aspecto de mí mismo.

No era que esos rasgos no existieran. Existían. Simplemente no quería reconocerlos como parte de mí.

En El Club de la Pelea, el narrador suele ser obediente, complaciente, inseguro y emocionalmente reprimido.

Tyler aparece siendo exactamente lo contrario: dominante, espontáneo, carismático, valiente y completamente indiferente a la opinión de los demás.

En algún momento de la película, Tyler termina poniendo en marcha un proyecto gigantesco sin que el propio narrador sepa realmente lo que está ocurriendo. Es como si, en términos junguianos, su sombra hubiera tomado por completo el control de él.

Carl Jung comentaba que la madurez no consiste en eliminar nuestra oscuridad, sino en conocerla lo suficiente y mantenerse en guardia para evitar que tome las riendas de nuestra vida.

Creo que Tyler Durden representa precisamente eso: la sombra de aquellos aspectos reprimidos de uno mismo, aspectos que fueron convirtiéndose en problemas, en falta de significado, de propósito, de pasividad extrema y de una vida miserable y consumista.

Tyler aparece para recordarle al narrador todo aquello que había reprimido durante años. Luego se convierte en un monstruo porque el protagonista deja de dialogar con él y empieza a obedecerlo.

La solución nunca fue convertirse en Tyler. Pero tampoco seguir siendo el hombre incapaz de enfrentarlo.

La verdadera transformación ocurre cuando dejamos de pelear con nuestra sombra y aprendemos a integrar aquello que tiene de valioso —la valentía, la capacidad de poner límites y la determinación— sin dejarnos arrastrar por aquello que tiene de destructivo.


Una diferente forma de ser hombre

Durante mucho tiempo pensé que ser hombre implicaba alejarme de todo aquello que se percibiera como femenino. Mostrar ternura, llorar, pedir ayuda, cuidar de otros o expresar afecto parecía incompatible con la idea de fortaleza con la que crecimos.

Con el tiempo entendí que esas cualidades no pertenecen a un género; pertenecen a la experiencia humana. La verdadera fortaleza no consiste en amputar una parte de uno mismo para encajar en un ideal de masculinidad, sino en integrar todas aquellas capacidades que nos permiten relacionarnos mejor con los demás y con nosotros mismos.

Tampoco se trata de abandonar la valentía, la responsabilidad o la determinación —virtudes que siguen siendo valiosas—, sino de dejar de pensar que para cultivarlas hay que sacrificar la sensibilidad, la compasión o la vulnerabilidad.

Muchas veces, querer encajar en este ideal de hombre —que nunca duda, que no se equivoca, que no experimenta ansiedad o miedo— puede atormentarnos porque no se parece ni de cerca a nuestra realidad interna. Pasamos tantos años intentando demostrar que somos hombres que pocas veces nos detenemos a preguntarnos quiénes somos realmente cuando dejamos de demostrar.

Esto no quiere decir que debamos ser pasivos ni dejar de enfrentar nuestros miedos o de aprender a manejar nuestras emociones. Pero sí estar abiertos a reconocer nuestros miedos y limitaciones, sin sentirnos avergonzados ni amaestrados por ellos, y a quitarles peso a las opiniones de los demás.


Yo me imagino una nueva forma de ser hombre. En lugar de ocultar con todos sus recursos sus propios errores e inseguridades, este hombre puede admitirlos e incluso tomárselos con humor.

Me imagino un hombre capaz de decir “no” sin culpa, pero también de pedir ayuda sin vergüenza. Capaz de proteger a otros, pero también de dejarse cuidar cuando lo necesita. Un hombre que no tenga que esconder sus errores para sentirse digno de respeto.

En un futuro, ser un hombre no sería ser invulnerable, sino aprender a manejar la vulnerabilidad con compasión y gracia.

En mi caso, ya no aspiro a convertirme en ese “hombre” que nunca duda, nunca llora y nunca necesita ayuda. Aspiro a algo que ya mencionaba en mi artículo anterior sobre el carácter: ser una persona capaz de actuar con valentía sin dejar de ser sensible; de asumir responsabilidades sin perder la compasión; de vivir con integridad y honestidad; de buscar la justicia; y de aceptar sus propias limitaciones sin sentir que por ello vale menos.

Las expectativas de la sociedad siempre cambiarán, conforme cambie también la cultura. Pero intentar vivir de acuerdo con principios ligados al carácter me parece una aspiración mucho más universal y duradera.

Quizá esa sea, al menos para mí, una mejor forma de ser hombre.