Vida Pensada

Un rincón para pensar en voz alta sobre: ética, existencialismo, ecología, psicología y filosofía

Desde que tengo conciencia, recuerdo que muchas veces se me ha hablado sobre la importancia de invertir.

Invertir tiempo en desarrollar habilidades. Ahorrar dinero para, algún día, poder comprarte cosas: un auto, una casa, un terreno. Usar ese excedente para adquirir activos y propiedades que, supuestamente, te darán libertad financiera.

Invertir en educación: un título universitario, un máster o un doctorado. Cosas que pueden darte reconocimiento y, al mismo tiempo, un mejor salario.

Invertir en ejercicio físico, para tener más fuerza, vitalidad y una vida larga y de calidad.

Invertir tiempo y dedicación en actividades que puedan “mejorar” tu futuro.

Todo eso promete frutos como dinero, riqueza, salud, fuerza física, amor, admiración y habilidades prácticas para resolver problemas. Y, en teoría, todo eso debería llevarte a una buena vida; a ti y también a quienes te rodean.

Y, a día de hoy, sigo considerando muchas de estas cosas importantes. Con justa moderación.

Lo he vivido en carne propia. He tenido el privilegio —y también la facilidad— de conseguir algunos de esos frutos de forma modesta: un salario por encima del promedio, una salud relativamente estable y cierta tranquilidad mental.

Nada de eso apareció de la nada. Hubo disciplina, dedicación, mucho esfuerzo y, por supuesto, bastante suerte también.

A nivel genético, no tuve ninguna enfermedad grave. Y además logré cambiar, justo a tiempo, ciertos hábitos alimenticios que me estaban perjudicando.


Reconocer tu margen

Sin embargo, recuerdo que cuando era niño nadie me explicó que existen circunstancias externas que no dependen completamente de ti, y que esas circunstancias jugarán un papel crucial en la obtención de todos esos frutos que mencioné antes.

Cuando creces y maduras, te das cuenta de que situaciones desafortunadas te pueden quitar todo esto.

Un accidente. Una condición genética. Casarte con “la persona equivocada”. Crecer en un país con condiciones económicas devastadoras —como fue mi caso al crecer en Venezuela—. O simplemente venir de una familia con muy pocos recursos.

Cualquiera de estas circunstancias puede reducir drásticamente las probabilidades de conseguir aquello que la sociedad suele prometerte si “haces las cosas bien”.

Y lo más difícil de aceptar es que, incluso si logras obtener todo eso, la vida también puede quitártelo.

Una crisis económica. Una enfermedad. Un desastre natural. Una traición. Una infidelidad. La pérdida inesperada de alguien que amas.

Todo eso puede ocurrirte.

De hecho, probablemente alguna de esas cosas te ocurrirá en algún momento, porque eres humano, y esto nos ocurre a los humanos.


En esto puedes invertir y nadie te lo puede quitar

Hay algo de lo que casi nadie habla: una inversión que no puede devaluarse con la inflación, que no depende de la suerte y que ninguna crisis puede arrebatarte.

Te va a servir en todas las etapas de tu vida y nunca se va a gastar. Su activo permanece para siempre

Algo que ninguna cantidad de dinero o salud física puede reemplazar.

Me costó entenderlo. Tuve que atravesar varios libros y experiencias para empezar a verlo con claridad.

Creo que, aunque lo había visto representado muchas veces en historias, películas o ejemplos de la cultura moderna, nunca nadie me lo explicó de forma explícita.

El carácter.

Difícil de definir, pero yo diría que es quien eliges ser cuando las circunstancias te ponen a prueba.

Es como actúas cuando tus deseos, emociones o intereses entran en conflicto con lo que consideras correcto.

Para mí, el carácter está íntimamente ligado a la integridad y al uso de la razón.

Cada vez que quieres invertir en tu carácter, inviertes en tu espíritu, en entrenar tu mente para posibles dificultades futuras.

Los estoicos decían que no había que huir de las dificultades, porque precisamente ellas ayudan a entrenarte, a poner a prueba tu carácter y a desarrollar resiliencia.

Marco Aurelio escribió una idea que me parece profundamente cierta:

Lo que se interpone en el camino se convierte en el camino.


En lugar de ver los problemas como simples barreras, puedes aprender a verlos como oportunidades para practicar la paciencia, la fortaleza y el crecimiento interior.

Tener carácter significa que tu núcleo permanezca relativamente intacto sin importar el entorno en el que estés.

Que sigas siendo tú mismo trabajando, con amigos o con extraños. Que actúes con cierta coherencia, estés allí por elección, necesidad o pura casualidad.

Y es precisamente en los momentos difíciles donde el carácter realmente aparece.

Aparece cuando nadie te observa. Cuando sería fácil mentir o aprovecharte de alguien. Cuando estás cansado, herido emocionalmente o dominado por el miedo.

Aparece cuando podrías tomar el camino cómodo, y aun así eliges el correcto.


¿Qué compone un buen carácter?

No creo que un buen carácter signifique perfección. Tampoco creo que implique nunca equivocarse.

Pero sí creo que hay ciertos rasgos que suelen aparecer una y otra vez en las personas que inspiran confianza, admiración o paz.

Hay integridad: la capacidad de no abandonar tus valores simplemente porque hacerlo sería más conveniente.

Hay honestidad, no solo hacia otros, sino también hacia uno mismo. La voluntad de relacionarte sinceramente con la realidad, sin manipularla ni autoengañarte para proteger el ego.

Hay responsabilidad: reconocer tus errores y asumir las consecuencias de tus actos sin esconderte constantemente detrás de excusas.

También hay valentía. Y no me refiero solamente al coraje físico, sino a algo más cotidiano e infravalorado: tener conversaciones incómodas, ser vulnerable, poner límites o defender a alguien incluso cuando da miedo hacerlo.

Existe templanza: aprender a gobernar impulsos y deseos para que no controlen tu vida por completo.

Compasión: porque una persona con carácter no necesariamente es alguien frío o duro, sino alguien capaz de comprender el sufrimiento ajeno sin perder sensibilidad.

Humildad: entender que nunca terminarás de aprender y que ninguna persona posee toda la verdad.

Y finalmente, justicia. La capacidad de tratar a otros seres humanos con dignidad y ecuanimidad.

Seguramente podría agregar más cosas. Pero, al menos para mí, estas son algunas de las más importantes.


¿Cómo tener un buen caracter te da una buena vida?

Por supuesto esta es mi opinión.

El caracter depende en 99% de ti. No depende de ningun factor externo.

No puede comprarse. No depende del mercado, de una crisis económica o de la aprobación de otras personas.

Porque incluso si la vida cambia brutalmente, sigues conservando la posibilidad de actuar con dignidad. Y eso transforma profundamente la forma en la que vives.

Qué mejor fruto que ello, que sabes que si inviertes tendrás un retorno completamente asegurado.

Empiezas a sentir menos necesidad de aprobación externa. Te preocupa menos seguir a la mayoría o encajar constantemente en expectativas ajenas.

No porque te vuelvas arrogante o egoísta, sino porque desarrollas una relación más honesta contigo mismo.

También aprendes a tolerar mejor la frustración, el rechazo y la incomodidad. El miedo sigue existiendo, pero deja de gobernar todas tus decisiones

No dejarás de hacer cosas por temor a lo que pensarían los demás.

Y cuando estés viejo, verás tu pasado y no lo verás con arrepentimiento.

Aparecera algo imposible de comprar: tranquilidad de conciencia.

Buscarás encontrar tu mejor versión de ti mismo, sin ser perfecto, equivocándote de vez en cuando.

Habrá días en los que no estés a la altura de la persona que quieres ser, retrocediendo un par de pasos y avanzando uno. Porque somos humanos y ningún trayecto será fácil en línea recta.

El carácter también te da resiliencia en los momentos duros y templanza en los momentos eufóricos.

Las críticas dejan de destruirte con tanta facilidad. La envidia aparece menos y, cuando aparece, puedes transformarla en admiración o inspiración en vez de resentimiento.

Te vuelves más auténtico.

Y aunque nada garantiza que obtendrás buenos amigos, relaciones duraderas o trabajos satisfactorios, un buen carácter sigue siendo la mejor de las cartas de presentación posibles.

Porque las personas con criterio suelen reconocerlo.

Y aun cuando las cosas no salgan como esperas, todavía conservarás la sensación de no haberte traicionado a ti mismo para conseguirlas.

Una vida digna, una vida vivida acorde a tus valores.


El carácter se construye; no es innato.


Recuerdo que, cuando era niño, era muy tímido y tenía bastante ansiedad social.

Aunque me consideraba un chico con valores, también era cobarde en muchos aspectos. Tuve varios encuentros con chicos que me hacían bullying y, aunque no eran mucho más fuertes que yo, casi siempre huía o evitaba enfrentarme a ellos.

Me costaba defenderme a mí mismo. Y también defender a otros.

Con el tiempo eso empezó a cambiar.

Crecí en un barrio complicado y, poco a poco, entendí que había ciertas cosas que necesitaba aprender: defenderme, defender a otros y defender aquello en lo que creía.

Durante mi adolescencia —especialmente antes de los veinte— también me ocurría algo más.

Muchas veces tenía ideas u opiniones que realmente consideraba válidas, pero me daba miedo expresarlas. Temía el juicio de los demás. Así que, en ocasiones, prefería callarme o simplemente aparentar estar de acuerdo con otros, renunciando poco a poco a mi autenticidad y honestidad.

A veces lograba actuar distinto. Pero no era lo habitual.

Por eso me cuesta creer que las personas simplemente “nazcan” con buen carácter.

Mi experiencia —y también muchos escritos filosóficos y psicológicos— me han hecho pensar que el carácter se construye.

Y muchas veces se construye observando ejemplos.

Empecé a notar ciertos rasgos en personas a mi alrededor: algunos de mis hermanos, profesores, amigos o compañeros de clase. Algunos eran especialmente valientes. Otros tenían un fuerte sentido de justicia. Algunos carecían de humildad o templanza, pero aun así había algo admirable en ellos.

Me di cuenta de que podía tomar partes de esos ejemplos, integrar esas virtudes en la clase de persona que quería llegar a ser.

También encontré inspiración en personajes de ficción.

Gladiador (el general Maximus Decimus Meridius), The Shawshank Redemption con Andy Dufresne, o Gattaca con Vincent Freeman.

Todos ellos, de distintas maneras, me ayudaron a reconocer atributos humanos que admiraba y que quería cultivar en mí mismo.

En los últimos diez años he atravesado circunstancias bastante complejas.

Las circunstancias me obligaron a dejar mi país prácticamente sin dinero y sin seguridad laboral. Vi fallecer a mi madre y a mi hermano. Me enamoré y terminé con el corazón roto tras una relación en la que invertí bastante emociones y energía

Y, durante mucho tiempo, también tuve que convivir con voces internas que me decían que valía poco o que el futuro no merecía demasiado la pena.

Recuerdo que, atravesando algunas de esas dificultades, encontré un video de Joe Rogan que se me quedó grabado.

No soy particularmente fan de su contenido, pero en ese video decía algo interesante: que, en tus momentos más difíciles, deberías intentar verte como el protagonista de tu propia película.


No controlas el guion. No controlas el resultado final.

Pero sí puedes decidir cómo reaccionará ese personaje frente a las circunstancias.

Cómo actuará cuando haya presión. Cuando tenga miedo. Cuando todo parezca derrumbarse.

Esa idea definitivamente me inspiró. Pero no fue suficiente por sí sola para comprender realmente la importancia del carácter.

Fueron más bien los libros de estoicismo, la filosofía zen, algunas conversaciones con mi terapeuta y varios libros de psicología los que terminaron ayudándome a entenderlo mejor.

James Clear, por ejemplo, menciona en Hábitos Atómicos cómo las pequeñas acciones repetidas terminan moldeando nuestra identidad y comportamiento.

Hay una frase del libro que me parece especialmente poderosa:

“Cada pequeña acción que realizas es un voto por la clase de persona en la que quieres convertirte.”


Sospecho que probablemente sí existen ciertas disposiciones innatas en cada persona. Pero también creo que el carácter se moldea profundamente mediante la práctica, el entorno, la narrativa personal y los hábitos repetidos a lo largo del tiempo.

En mi opinión, las personas rara vez cambian de golpe por una única gran revelación.

Cambian, más bien, a través de pequeñas acciones sostenidas que lentamente transforman la forma en que se ven a sí mismas.

Cómo empezar a invertir


Cada pequeña decisión repetida va moldeando, lentamente, quién eres.

Aristóteles decía algo muy cercano a:

“Somos lo que hacemos repetidamente.”

Construir carácter implica crear deliberadamente hábitos, entornos y decisiones que fortalezcan tu capacidad de actuar acorde con tus valores, incluso cuando hacerlo resulta incómodo.

Se parece mucho al entrenamiento físico.

Así como el cuerpo se fortalece mediante resistencia progresiva, el carácter también se fortalece enfrentando pequeñas incomodidades de manera consciente.

Y lo interesante es que cada persona tendrá dificultades distintas.

Habrá áreas donde ya eres relativamente fuerte y actuar correctamente no te costará demasiado. Pero existirán otras donde sentirás resistencia, vergüenza, miedo o incomodidad.

Por ejemplo, para mí nunca fue especialmente difícil soportar cierta incomodidad física: ayunar, tolerar el frío o el calor, aguantar hambre o cansancio.

Pero sí me resultaba difícil decir que no.

Me costaba dejar de ser complaciente con otras personas, incluso cuando algo me incomodaba o realmente no quería hacerlo.


No creo que el carácter se construya únicamente leyendo libros o entendiendo buenas ideas.

Eso puede ayudar, por supuesto. Pero el carácter se forma, sobre todo, en la práctica: en pequeñas decisiones repetidas, en incomodidades voluntarias, en momentos donde podrías hacer lo fácil y eliges hacer lo correcto.

Estas son algunas formas concretas de entrenarlo.

Cumplir pequeñas promesas

Una de las formas más simples de fortalecer tu carácter es cumplir pequeñas promesas. Cada vez que dices que harás algo y realmente lo haces, fortaleces una identidad interna de confiabilidad.

No tiene que ser algo enorme. Puede ser levantarte a la hora que dijiste, terminar una tarea pendiente, responder un mensaje importante, entrenar cuando te lo prometiste o hacer aquello que dijiste que ibas a hacer aunque nadie te esté vigilando.


Exponerte voluntariamente a cierta incomodidad

Otra forma de entrenar el carácter es exponerte, de manera gradual, a pequeñas incomodidades voluntarias.

No se trata de castigarte ni de convertir la vida en una penitencia. Se trata de recordarle a tu mente y a tu cuerpo que no necesitas obedecer cada impulso de comodidad inmediata.

Puedes empezar con cosas sencillas como tolerar un poco de frío antes de buscar abrigo, no encender el aire acondicionado inmediatamente cuando hace calor, ducharte con agua fría, ayunar durante cierto periodo —siempre con sentido común y consultando a un médico si aplica—, dejar el teléfono durante unas horas o incluso uno o dos días, rechazar ese postre que tanto te gusta.

También puedes simplemente aburrirte. Estar solo contigo mismo, sin distracciones, sin música, sin pantalla, sin estímulo inmediato.

Esto no es flagelarse. Es practicar una autoprivación leve y consciente. Una forma de recordarte que puedes estar incómodo sin desmoronarte.

Usar el esfuerzo físico como entrenamiento interior

El esfuerzo físico también puede ser una forma de entrenamiento del carácter.

Levantar pesas, hacer dominadas, correr, montar bicicleta o practicar cualquier actividad que exija constancia puede enseñarte algo más profundo que fuerza corporal.

Te enseña a permanecer.

A tolerar la incomodidad.

A no abandonar apenas aparece la resistencia.

Y si ya disfrutas hacer ejercicio, quizá el verdadero entrenamiento esté en hacer aquello que menos te gusta, las series que evitas, el movimiento que se te hace difícil, la parte aburrida o incómoda de la disciplina.

Exponerte al rechazo

También puedes entrenar el carácter exponiéndote, poco a poco, al rechazo.

Muchas veces evitamos vivir con autenticidad por miedo a ser juzgados, ignorados o rechazados.

Puedes buscar oportunidades donde exista esa posibilidad.

Vender algo cara a cara. Ofrecer números de una rifa. Subir un video hablando de algo que realmente te importa, aunque otros puedan juzgarlo como tonto o poco importante. Compartir una idea propia en redes. Hablar en público. Participar en un micro abierto. Exponerte al escenario y al juicio de otros.

Si estás soltero, incluso podrías acercarte de manera respetuosa a alguien que te atraiga durante el día y pedirle una cita, aceptando con dignidad cualquier respuesta.

También puedes practicar algo más cotidiano, pero profundamente difícil: decir que no.

Decir que no a un favor que no quieres hacer. Decir que no a un vendedor insistente. Decir que no sin agresividad, sin culpa excesiva y sin necesidad de justificarte demasiado.

Enseñarle a tu sistema nervioso que el rechazo, la incomodidad o la desaprobación no son el fin del mundo.

Posponer el placer

Vivimos rodeados de estímulos diseñados para darnos gratificación inmediata: redes sociales, videojuegos, contenido para adultos, comida demasiado estimulante, notificaciones, entretenimiento infinito.

No creo que todo eso sea malo por sí mismo.

Pero si no desarrollas cierta distancia, puedes terminar viviendo únicamente en función de dopamina rápida.

Por eso puede ser útil privarte durante unos días de algunos placeres baratos. No como castigo, sino como entrenamiento.

Dejar las redes. Reducir videojuegos. Evitar contenido que usas para escapar. Comer más simple. Aburrirte un poco más. Recuperar espacio mental.

A veces, recuperar el gobierno de uno mismo empieza por dejar de obedecer todos los impulsos pequeños.

Aprender a regular tus emociones

Tener carácter no significa no sentir.

De hecho, muchas personas con “carácter fuerte” sienten muchísimo.

La diferencia es que aprenden a crear un espacio entre emoción y reacción.

Ese espacio se puede entrenar.

A través de la respiración. Caminando. Meditando. Escribiendo en un diario. Tocando un instrumento. Hablando con alguien de confianza. Esperando unos minutos antes de responder desde la rabia, el miedo o la herida.

No se trata de reprimir lo que sientes. Se trata de no permitir que cualquier emoción nuble tu juicio y tome el volante de tu vida.

Elegir mejores entornos

Tus amigos, tus lecturas, tus relaciones, tus hábitos digitales, tu trabajo, las conversaciones que tienes y los lugares donde pasas tiempo terminan influyendo en la persona que eres.

Por eso parte del carácter también consiste en elegir, dentro de lo posible, entornos que favorezcan la persona que quieres llegar a ser.

No siempre podrás elegirlo todo. Pero casi siempre puedes elegir algo.

Buscar inspiración

También creo que podemos construir carácter observando ejemplos.

En libros, películas, cómics, videojuegos, animes, biografías o historias reales.

Batman, Goku, Capitán América, Sócrates, Jesucristo, Viktor Frankl, Gandhi, Irena Sendler y tantos otros personajes —reales o ficticios— pueden funcionar como espejos simbólicos.

No porque tengamos que imitarlos literalmente, sino porque nos muestran atributos humanos que admiramos: valentía, sacrificio, compasión, disciplina, sentido de justicia, resistencia, amor por la verdad.

A veces necesitamos ver encarnada una virtud para empezar a desearla en nosotros.

Practicar la amabilidad y la compasión

El carácter no es dureza fría.

También implica aprender a ser amable y compasivo contigo mismo y con otros seres humanos.

Ponerte en el lugar de los demás. Recordar que tú vas a morir y que todos los demás también. Que todos tienen batallas interiores que no siempre muestran. Que no sabes cuánto ha tenido que cargar una persona antes de cruzarse contigo.

Ser amable puede parecer algo sencillo, pero muchas veces es una de las prácticas más difíciles. Especialmente cuando estás cansado, herido o cuando tienes razón.

Adoptar una perspectiva cósmica

Cuando la sonda Voyager 1 tomó la famosa fotografía de la Tierra desde miles de millones de kilómetros de distancia, nuestro planeta apareció como un diminuto punto suspendido en la oscuridad.

Carl Sagan escribió sobre esa imagen:

«Fíjate de nuevo en ese puntito. Eso es aquí. Eso es nuestro hogar. Eso somos nosotros».

Y luego recordó que sobre ese pequeño punto azul ocurrieron todos nuestros imperios, ideologías, guerras, héroes, amantes, santos, tiranos, familias y sueños humanos.

Todo lo que amamos.

Todo lo que tememos.

Todo lo que perseguimos.

Todo lo que creemos tan inmenso.

Ocurrió aquí: sobre un pequeño punto azul suspendido en un rayo de luz.

Los estoicos tenían una práctica parecida conocida como la vista desde arriba.

Filósofos como Marco Aurelio imaginaban la vida humana desde una perspectiva cada vez más amplia: primero tu ciudad, luego tu país, luego el continente, luego la Tierra y finalmente el cosmos entero.

Desde esa altura, muchas preocupaciones se reducen.

El ego pierde rigidez.

Las ambiciones obsesivas se relativizan.

Y aparece cierta humildad existencial.

Tanto los estoicos como Sagan apuntan a que precisamente porque somos pequeños y temporales, deberíamos vivir con más consciencia, compasión y humildad.

No para despreciar la vida humana. Sino para recordar lo preciosa que es.

No invulnerable, más humano

Hay una imagen de Dragon Ball Z que siempre me ha parecido una buena metáfora para esto.

Los saiyajin, después de quedar al borde de la muerte en una batalla, podían recuperarse y volver mucho más fuertes. A eso se le llamaba zenkai.

Evidentemente, la vida humana no funciona de una forma tan simple ni tan épica. El sufrimiento por sí solo no te vuelve mejor. Una herida no necesariamente te hace más sabio. Una dificultad no garantiza crecimiento.

Pero hay algo en esa imagen que me parece cierto.

Cuando atraviesas una experiencia difícil y logras recuperarte con algo más de conciencia, humildad, compasión o valentía, tu carácter sale fortalecido.

No porque la dificultad haya sido buena en sí misma, sino porque tú aprendiste a transformarla en entrenamiento.

Y también hay otra parte importante de esa imagen: después de la batalla, los saiyajin necesitaban tiempo para recuperarse.

Nosotros también.

Después de una pérdida, una caída, una decepción o una etapa difícil, no siempre puedes levantarte de inmediato como si nada hubiera pasado.

Necesitarás una especie de cámara de recuperación interior.

Tiempo. Silencio. Descanso. Reflexión. Cuidado.

No para quedarte viviendo en la herida, sino para volver con más claridad.

Recuerda: no se trata de castigarte por fallar.

Vuelve. Empieza de nuevo. Esto toma tiempo.

Y cuando aparezca una dificultad, cuando la vida vuelva a ponerte a prueba, recuerda que dentro de ti hay una fortaleza que todavía puedes desarrollar.

Respira.

Endereza la mirada.

Y vuelve a elegir.

Ahí está tu activo más importante. La capacidad de actuar con dignidad incluso en las situaciones más difíciles.

Es muy raro tener un juego que solo te pide que lo juegues una vez.

Outer Wilds no intenta retenerte para siempre, no busca convertirse en un hábito ni en una rutina. No tiene multijugador, no tiene expansiones diseñadas para prolongar artificialmente la experiencia, no ofrece recompensas infinitas por seguir invirtiendo tiempo. Su propuesta es más extraña, casi contracultural.

vivir una experiencia completa, única e irrepetible… y luego dejarla ir.

Es un juego solitario, no solo porque se juega sin compañía, sino porque su impacto ocurre en un espacio profundamente personal. Nadie puede recorrerlo exactamente igual que tú, porque lo que transforma no es la habilidad ni la velocidad, sino la comprensión.

Outer Wilds no te pide que te quedes para siempre.

Solo te pide que estés presente una vez.

Y quizá por eso mismo, logra decir algo que pocos juegos —y pocas experiencias— se atreven a decir.

outerwilds_poster


Experiencia Trascendental

Nunca imaginé que un videojuego pudiera confrontarme con preguntas que solemos encontrar en monasterios o centros espirituales, en conversaciones profundas, en la enfermedad, en la pérdida de un familiar o ser querido; esos momentos en los que te encuentras de frente con la fragilidad de la existencia.

Durante semanas volví a cuestionarme ideas que creía relativamente estables: quién soy más allá de las historias que me cuento, cuánto de mi vida está guiado por inercia, qué significa realmente vivir con conciencia del tiempo que tenemos.

No era la primera vez que me encontraba frente a estas preguntas —ya habían aparecido en libros, películas o conversaciones—, pero esta vez la experiencia se sintió más directa, más difícil de esquivar.

Un pequeño videojuego independiente logró colocarme frente a una incomodidad: la sensación de que algunas respuestas importantes no se encuentran acumulando más información, sino aprendiendo a mirar de otra manera.


Spoilers AHEAD

Si no has jugado el juego y tienes la posibilidad de hacerlo, te recomiendo sinceramente que lo juegues primero y luego vuelvas a este texto. La experiencia es única, y vale la pena vivirla sin saber demasiado.

Antes de continuar, es importante aclarar algo: no pretendo explicar el juego en detalle ni describir sus mecánicas, y omitiré ciertos elementos para no romper el tono del ensayo. Lo que me interesa compartir es la experiencia que propone, la historia que sugiere y las preguntas que deja abiertas, así como la forma en que su mensaje resonó con ideas que ya me habían acompañado antes: el estoicismo, el zen, el budismo y ciertas experiencias personales.


La curiosidad como única brújula

La experiencia comienza de forma simple: despiertas en un pequeño campamento, en un planeta tranquilo, sin instrucciones claras y sin una misión completamente definida. Nadie te dice exactamente qué debes hacer. No hay una voz que te marque un camino óptimo, ni una lista explícita de objetivos que completar.

Solo existe una invitación implícita a explorar.

Conversando con los lumbreanos —los habitantes de tu planeta— empiezas a intuir el contexto: formas parte de una pequeña comunidad de exploradores que se aventuran al espacio movidos principalmente por curiosidad. Existe una antigua civilización, los Nomai, que habitó el sistema solar mucho antes que nuestra especie y cuya desaparición dejó rastros difíciles de interpretar. Hay preguntas abiertas, fragmentos de conocimiento dispersos y la sensación de que el universo guarda una historia que aún no ha sido comprendida del todo.

Lo único que parece claro es que tendrás una nave y la libertad de decidir hacia dónde dirigirla.


El descubrimiento del bucle

Después de algunas conversaciones iniciales, comprendes que tu primer viaje será en solitario.

Antes de despegar, necesitas obtener los códigos de lanzamiento que se encuentran en el observatorio. El trayecto hasta allí es breve, pero está lleno de pequeños encuentros: colegas exploradores, habitantes curiosos, conversaciones que parecen triviales pero que poco a poco van dibujando el contexto de ese pequeño mundo.

Todo transmite una sensación de normalidad tranquila, casi cotidiana. Nadie parece particularmente preocupado. El viaje espacial, en este universo, no se presenta como una hazaña extraordinaria, sino como una extensión natural de la curiosidad de sus habitantes.

Con los códigos finalmente en tus manos, puedes abordar la nave y despegar por primera vez.

Lo que comienza como una exploración abierta pronto adquiere un matiz inquietante. En algún momento mueres… y despiertas nuevamente en el mismo lugar donde todo había comenzado. Al principio parece un recurso narrativo más, una forma de permitirte intentar de nuevo sin demasiadas consecuencias.

Pero la repetición no tarda en mostrar su verdadera naturaleza.

Si pasan aproximadamente veintidós minutos sin que nada te detenga antes, el sol colapsa y se convierte en una supernova que consume todo el sistema solar. No importa dónde estés ni lo que estés haciendo: el final llega de manera inevitable, silenciosa, indiferente a tus acciones.

supernova_2

Comprendes algo más desconcertante.

Aunque todo se reinicia, tu experiencia no desaparece. Cada intento deja una huella. Cada descubrimiento permanece contigo y en tu nave.

Pronto entiendes que eres el único que recuerda lo ocurrido. Puedes intentar advertir a los demás, compartir lo que sabes, explicar lo que está por suceder… pero nada cambia realmente. Nadie parece poder alterar el curso de los acontecimientos, y aunque quisieran hacerlo, el margen de acción es mínimo.

Solo hay veintidós minutos.


La promesa de que debe existir una respuesta

Las preguntas aparecen casi de inmediato:

¿cómo comenzó todo esto?

¿por qué está ocurriendo?

¿qué sabían los Nomai que aún no hemos logrado entender?

Ante una situación así, lo más natural es asumir que debe existir una explicación. Que, en algún lugar del sistema solar, hay una pieza faltante capaz de revelar por qué el sol está destinado a convertirse en supernova.

El juego instala una intuición clara: si reúnes suficiente información, si logras conectar las pistas dispersas en cada planeta, tal vez sea posible cambiar el resultado. Tal vez el bucle no sea más que un problema complejo esperando ser resuelto.

Con esa esperanza, emprendes el viaje por el sistema solar, convencido de que en algún lugar existe una respuesta capaz de evitar un final que, por ahora, parece inevitable.


La belleza inquietante de lo desconocido

Aunque el sistema solar que habitas es pequeño en escala astronómica, se siente inmenso cuando estás solo dentro de tu nave. Afuera no hay árboles, ni ríos, ni viento moviendo hojas. No hay colores familiares ni señales de vida tal como la conocemos. Solo vacío, silencio y una oscuridad que parece no tener límites.

En el espacio no hay ruido que acompañe tus pensamientos. No hay referencias que te recuerden que perteneces a algún lugar. Solo estás tú, suspendido en medio de algo que existía mucho antes de que llegaras y que continuará existiendo después.

Y en esa inmensidad, te sientes muy pequeño.

Hay algo profundamente sobrecogedor en avanzar hacia lo desconocido sin garantías, sin certeza de que lo que encontrarás tendrá sentido o siquiera será comprensible.

De vez en cuando, puedes sintonizar tu explorador y captar señales lejanas: pequeñas melodías que viajan a través del vacío. Cada explorador toca un instrumento distinto, y esas notas dispersas funcionan como un recordatorio silencioso de que hay otros, en otros rincones del sistema solar, haciéndose preguntas similares a las tuyas.


outerwilds_space

Esker, en el tranquilo satélite de Lumbre, silba suavemente mientras observa el espacio con una paciencia casi melancólica.

Chert, rodeado de instrumentos astronómicos, contempla las estrellas con entusiasmo incansable, encontrando en cada medición una razón más para maravillarse.

Riebeck, arqueólogo tímido pero decidido, continúa investigando los rastros de los Nomai, superando sus propios miedos impulsado por el deseo de comprender.

Gabbro, curiosamente sereno ante la repetición del tiempo, parece haber aceptado el misterio con una calma difícil de explicar, acompañando la espera con una melodía tranquila.

Y Fedelspato, el explorador más audaz, cuya música distante confirma que incluso en los lugares más hostiles alguien logró llegar antes que tú.

Cada instrumento, apenas audible en la inmensidad, ofrece una forma sutil de consuelo. El espacio puede ser frío e indiferente, pero esas pequeñas señales recuerdan que la búsqueda de sentido rara vez ocurre en completo aislamiento.

Incluso cuando parece que estamos solos, hay otros escuchando la misma música.


El impulso de salvar lo que amamos

Cada nuevo viaje hacia un planeta despierta entusiasmo por descubrir un secreto más, por comprender mejor a los Nomai, por acercarte un poco más al misterio del universo. Pero junto con la curiosidad aparece algo, un deseo creciente de proteger todo aquello que estás conociendo.

A medida que exploras, ese pequeño sistema solar deja de ser un escenario desconocido y comienza a sentirse como un hogar. Empiezas a querer preservar su historia, su belleza silenciosa, la vida que lo habita y el legado que otras civilizaciones dejaron atrás.

No solo deseas proteger a tu propia especie, sino también a las otras formas de vida que encuentras en el camino: las medusas suspendidas en la oscuridad, los océanos que respiran lentamente, los amaneceres que iluminan paisajes improbables, los pocos habitantes con los que compartes breves conversaciones… incluso aquellas criaturas que al principio parecen hostiles o incomprensibles.

Porque la vida, es excepcional, es bella.

Y aquello que percibimos como bello despierta inevitablemente el deseo de que permanezca.

Por eso, asumí casi de forma automática que la misión principal debía ser evitar el fin. Que en algún lugar debía existir una solución capaz de salvar el sistema solar, preservar su historia y proteger todo aquello que había comenzado a sentir cercano.


Reconstruir una historia a partir de fragmentos

Gracias a un traductor, puedes leer los registros que los Nomai dejaron dispersos en las ruinas que construyeron miles de años atrás. Sus palabras, escritas en paredes, laboratorios abandonados y estructuras que parecen desafiar el tiempo, se convierten en una guía silenciosa para comprender qué ocurrió antes de tu llegada.

Explorar por tus propios medios resulta profundamente gratificante, porque el conocimiento no aparece como una respuesta inmediata, sino como una historia fragmentada que debes reconstruir poco a poco. Cada hallazgo aporta contexto, cada conversación antigua abre nuevas preguntas. Nada se presenta completo desde el inicio.

La experiencia se parece, de alguna manera, a crecer. Con el tiempo, aprendemos a reinterpretar recuerdos, a conectar eventos que en su momento parecían aislados.

No pude evitar sentir cierta empatía por los Nomai. Era una civilización extraordinariamente avanzada, cuya motivación principal no parecía ser el dominio ni la expansión territorial, sino la búsqueda colectiva de conocimiento. Su legado revela una especie profundamente curiosa, capaz de colaborar durante generaciones para acercarse un poco más a las preguntas que consideraban fundamentales.

En sus ruinas permanece el rastro de todo lo que intentaron entender, de todo lo que esperaban descubrir. El universo no pareció ofrecerles ninguna garantía de continuidad, ninguna promesa de que su esfuerzo sería suficiente para evitar su destino.

Allí estaba mi personaje, siguiendo sus huellas, utilizando sus herramientas, intentando comprender lo mismo que ellos habían intentado comprender antes.

nomai_ruins

El juego introduce una incomodidad particular: no sabes cuál es el siguiente paso, no tienes certeza de estar avanzando en la dirección adecuada, no hay confirmación inmediata de que lo que haces es “lo correcto”.

La experiencia me recordó a viajar solo por primera vez, sin itinerarios rígidos ni garantías. Llegar a un lugar desconocido, intentar orientarte, preguntar direcciones, aprender a comunicarte en otro idioma, confiar en que poco a poco empezarás a entender cómo moverte en ese entorno extraño.

Algo parecido a explorar pequeños mundos y cruzarte brevemente con otros exploradores.

Al principio predomina la inseguridad. Después aparece algo más interesante: una confianza que no proviene de tener el control, sino de descubrir que puedes habitar lo desconocido sin necesidad de dominarlo por completo.


Un plan brillante que prometía una solución

Entre los primeros grandes descubrimientos emerge una idea que parece dar sentido a todo: los Nomai estaban obsesionados con encontrar el llamado Ojo del Universo, una anomalía cuya señal parecía originarse en este mismo sistema solar.

Para ellos, no era solo un fenómeno extraño, sino una pregunta fundamental. Algo que desafiaba su comprensión del espacio y del tiempo, y que despertó una curiosidad tan profunda que dedicaron generaciones enteras a intentar resolverlo.

Con ese propósito, desarrollaron tecnologías extraordinarias. Construyeron un cañón capaz de lanzar sondas en distintas direcciones, con la esperanza de encontrar la ubicación exacta del Ojo. Pero el problema era evidente: el espacio era demasiado vasto, incluso para una civilización tan avanzada.

Entonces concibieron una idea mucho más ambiciosa.

En lugar de depender de un solo intento, diseñaron un sistema que les permitiría repetir el mismo intervalo de tiempo una y otra vez, enviando información hacia atrás (22 minutos hacia atras) para corregir cada nuevo intento.

El Proyecto Gemelo Ceniza buscaba utilizar su dominio de los fenómenos cuánticos para enviar información al pasado. De esta manera, cada sonda lanzada podría transmitir sus resultados antes incluso de haber sido disparada, permitiendo repetir el proceso una y otra vez hasta encontrar la señal correcta.

El plan era elegante en su lógica: repetir, aprender, ajustar… hasta encontrar lo que buscaban.

Para hacerlo posible, necesitaban una fuente inmensa de energía.

Y ahí es donde todo empezaba a depender de algo mucho más extremo.

Intentaron provocar una supernova artificial, utilizando la energía liberada para alimentar ese ciclo de intentos y convertir el tiempo en una herramienta más de exploración.

Un plan extraordinario.

Casi imposible.

Y, por eso mismo, profundamente convincente.

Pero nunca funcionó.

Cuando finalmente llegas a la Estación Solar, descubres que el experimento no logró su objetivo. A pesar de toda su sofisticación, los Nomai no pudieron generar la energía necesaria para desencadenar la explosión del sol. Su comprensión del universo era profunda… pero no ilimitada.

El sistema que habían diseñado quedó incompleto.

Y antes de que pudieran encontrar otra solución, desaparecieron.

La Materia Fantasma liberada por un cometa se extendió por el sistema solar, poniendo fin a una civilización que había dedicado su existencia a comprender el cosmos.

En ese momento, todo parece encajar.

Si la Estación Solar nunca funcionó, entonces el bucle no debería existir.

Y si el bucle no debería existir…

tal vez pueda detenerse.


Una verdad incómoda

Pero entonces… ¿y si la Estación Solar no estaba provocando la explosión? ¿Que lo hacia?.

A medida que avanzaba la exploración, comenzaron a aparecer indicios de algo que yo seguia ignorando a proposito, pensaba que no era relevante en el juego.

El universo estaba llegando al final de su ciclo. Más de doscientos mil años después de los intentos de los Nomai, el Sol alcanzaba naturalmente el final de su vida útil y se convertía en supernova.

No era un accidente. No era un fallo que pudiera corregirse.

Era simplemente el curso de las cosas.

Y era precisamente esa explosión natural la que ahora alimentaba el bucle.

La comprensión llegó como una sacudida silenciosa.

Sí, podía desactivar el bucle desde el Proyecto Gemelo Ceniza… pero hacerlo significaba permitir que todo terminara. Mantenerlo activo, en cambio, implicaba permanecer indefinidamente en una repetición sin fin.

El juego dejó de ofrecer respuestas tranquilizadoras.

El problema no era técnico.

Era existencial.

Iba a morir junto con todo el sistema solar.

Mi impulso fue resistirme a esa idea, sabia que me estaba perdiendo de algo, pase horas yendo a otros planetas, hablando de nuevo con los mismos personajes, para revisar nuevos dialogos. Pensé que debía existir otra alternativa, una solución oculta, alguna pieza que aún no había logrado comprender.

Había pasado horas reconstruyendo una historia compleja, aprendiendo reglas extrañas del universo, descubriendo patrones ocultos… todo parecía indicar que el conocimiento traería consigo una forma de evitar el final.


Un último intento

Aun después de aceptar que el sol estaba muriendo de forma natural, quedaba una posibilidad abierta: encontrar el Ojo del Universo.

Si los Nomai habían dedicado generaciones enteras a buscarlo, debía haber una razón. Tal vez allí se encontraba una respuesta que aún no lograba comprender. Tal vez el final no era realmente el final.

Tras muchas exploraciones, las coordenadas finalmente aparecen ocultas en las profundidades del sistema solar, en un lugar tan inaccesible como simbólico: el núcleo de Abismo del Gigante. Llegar hasta allí exige paciencia, ensayo y error, y la sensación constante de estar acercándote a algo que ha permanecido fuera de alcance durante demasiado tiempo.

Con las coordenadas en mano, el siguiente paso se vuelve claro: retirar el núcleo que alimenta el Proyecto Gemelo Ceniza y utilizarlo como fuente de energía para una unica nave capaz de alcanzar ese destino final (The Vessel).

Es un acto decisivo.

Al hacerlo, el bucle se detendrá definitivamente.

Ya no habrá otra oportunidad.

Solo queda dirigirse hacia las coordenadas del Ojo del Universo… y descubrir qué significado tiene todo.


El vértigo de no tener dirección

El Ojo del Universo es, al mismo tiempo, lo más asombroso y lo más inquietante de toda la experiencia.

Apareces en lo que parece ser un astro cuántico. Tu dispositivo indica que estás en el polo norte, pero esa referencia deja de tener sentido casi de inmediato.

No hay guía.

No hay un camino claro.

Las referencias comienzan a desvanecerse: la gravedad deja de ser confiable, las distancias pierden coherencia y el entorno cambia sin previo aviso. Una tormenta permanente domina parte del paisaje, mientras objetos cuánticos aparecen y desaparecen con cada relámpago, como si su existencia dependiera de ser observados en el momento justo.

eye_universe

La sensación es profundamente desconcertante.

No es un miedo inmediato, sino algo más sutil: una incomodidad que nace de no entender dónde estás ni bajo qué reglas estás operando. Un tipo de terror más cercano a lo cósmico que a lo físico.

Es un lugar que no parece invitarte a conocerlo, sino a abandonarlo.

Como si no estuviera hecho para ser habitado.

Pero no hay vuelta atrás.

La única forma de salir —si es que existe una salida— es avanzar.

Aunque no sepas hacia dónde.

Eventualmente captas una señal cuántica con tu explorador. La sigues con cautela, atravesando la parte más violenta de la tormenta, hasta llegar al polo sur. Allí, el terreno se abre en un precipicio.

Y entonces lo ves.

Un vórtice imposible de interpretar.

No sabes si estás cayendo hacia él o si, de alguna manera, ya estás dentro. Arriba y abajo dejan de tener significado. No hay orientación clara.

Saltar ya no se siente como avanzar ni como descender.

Se siente más como entregarse.

La experiencia recuerda a ese momento en Interstellar en el que Cooper se adentra en el agujero negro: una mezcla de asombro, confusión y una incomodidad de vulnerabilidad al darte cuenta de que las reglas que sostenían tu comprensión del mundo han dejado de aplicarse.

Solo estás tú, moviéndote en un espacio que parece existir fuera de toda lógica familiar.


Un eco familiar

En medio de ese espacio que parece no obedecer a ninguna lógica, aparece algo inesperado: una estructura conocida.

El observatorio de Lumbre.

No es exactamente el mismo que dejaste atrás, pero tampoco es completamente distinto. Se siente como una reconstrucción incompleta, como un recuerdo que intenta tomar forma. Por momentos, parece que el Ojo no estuviera mostrándote un lugar, sino intentando establecer un diálogo.

No hay instrucciones ni explicaciones claras. es como si el Ojo no estuviera ofreciendo respuestas, sino reflejando la manera en la que has aprendido a mirar.

No es un mensaje directo.

Es más bien una sugerencia silenciosa: que todo lo que has buscado entender afuera también está ligado a cómo eliges interpretarlo.

Poco a poco, la expectativa de encontrar una solución comienza a disolverse.

No hay una máquina que reparar.

No hay una ecuación que completar.

No hay un error que corregir.

Durante gran parte del viaje asumí que el Ojo debía contener una respuesta definitiva: una explicación capaz de dar sentido a todo lo ocurrido, una pieza final que permitiría resolver el problema que había intentado comprender durante tantas horas.

Pero en su lugar, muestra algo distinto.

Una visión del universo en sus últimos instantes.

Mientras todo se apaga, pequeñas luces comienzan a aparecer en la oscuridad.

Apareces nuevamente en Lumbre. Un bosque tranquilo, familiar. Frente a ti, tu reflejo se transforma en una fogata, como una invitación a quedarte.

Guiado por tu localizador, comienzas a seguir la frecuencia que te ha acompañado durante todo el viaje. Esa melodía que antes escuchabas a la distancia ahora te conduce hacia los otros.

Uno a uno, los exploradores aparecen.

Se reúnen alrededor de la fogata.

Sus instrumentos vuelven a sonar, esta vez no dispersos en el vacío, sino presentes, cercanos. La música que antes era señal ahora es compañía.

Ya no estás buscando arreglar nada.

Solo estás allí, compartiendo un momento simple antes de que todo termine.

Y, de alguna manera, eso es suficiente.

campfire

El juego no ofrece una respuesta tradicional, porque la pregunta misma ha cambiado.

Ya no se trata de cómo evitar el final, sino de cómo habitarlo.


El universo no pide que lo salves

El final no necesitaba ser evitado.

La fogata no representa una victoria ni una derrota.

Representa la posibilidad de estar en paz con el hecho de que todo termina.

La fogata se eleva, se expande, y por un instante todo parece contenerse en un solo punto… hasta que ocurre una explosión inmensa, algo que recuerda a un nuevo Big Bang.

Después, mientras suena la última canción hermosa, al final de los creditos, una escena sugiere que, tras 14.3 billones de años, un nuevo universo emerge: planetas, vida… y la posibilidad de que todo comience otra vez.

No queda del todo claro si es una recompensa o una respuesta.

La vida encuentra la manera de surgir nuevamente.

Dejar el hogar es un pequeño cambio. Y la muerte, un cambio mayor: no de lo que eres ahora hacia la nada, sino hacia lo que aún no has llegado a ser. — Epicteto

Al terminar Outer Wilds, comprendí que la experiencia no trataba de encontrar una solución, sino de transformar la relación que tenía con el problema.

Durante todo el juego asumí que debía existir una forma de evitar el final. Que, si entendía lo suficiente, si exploraba lo suficiente, si lograba conectar todas las piezas, podría ejercer algún tipo de control sobre lo inevitable. Pero la verdadera enseñanza no estaba en evitar el desenlace, sino en aprender a mirarlo de otra forma.

En ese sentido, la experiencia se acerca a una intuición profundamente estoica, hay cosas que simplemente no están en nuestras manos, y el sufrimiento aparece cuando insistimos en que deberían estarlo.

La vida implica aceptar la transitoriedad de todo. Percibir cada cambio —incluida la muerte— no como una interrupción, sino como parte natural y necesaria del ciclo de la existencia.

También resuena con una idea central del budismo: todo lo que existe es impermanente. No como una tragedia, sino como una condición fundamental de la realidad. La belleza de algo no depende de su duración, sino de nuestra capacidad de estar presentes mientras existe.

Y quizá, en el fondo, eso era lo que el juego intentaba mostrarme desde el principio.


La vida no está para resolverse

Outer Wilds no me enseñó cómo salvar el mundo.

Me enseñó, quizá, algo más valioso: una forma distinta de estar en él.

Soy ingeniero de profesión, y desde pequeño me he sentido atraído por resolver problemas. Esa forma de pensar me ha llevado lejos; me ha dado oportunidades, aprendizajes y experiencias que valoro profundamente. Pero también ha venido acompañada de una inercia difícil de cuestionar: la necesidad constante de optimizar, de mejorar, de encontrar la siguiente solución.

De alguna manera, la cultura en la que vivimos refuerza esa idea. Nos empuja a resolverlo todo: la carrera, las finanzas, el estatus, las relaciones, la vida misma. Como si existiera una versión final en la que todo encaja perfectamente y, una vez alcanzada, por fin pudiéramos descansar.

Pero rara vez nos permitimos simplemente estar: alrededor de una fogata, en una conversación, en un momento compartido con quienes nos rodean. Con nuestros seres queridos, con amigos, incluso con desconocidos que, por un instante, coinciden con nosotros en este mismo viaje.

Comprender que la vida no es un acertijo que deba resolverse por completo, sino una experiencia que merece ser vivida con atención. Que el valor no está únicamente en llegar a una respuesta, sino en la capacidad de asombro que cultivamos mientras buscamos.

En ese sentido, recuerdo una idea de Alan Watts: la vida se parece más a la música o a la danza que a un problema por resolver. No asistimos a un concierto para que la canción termine lo antes posible, ni bailamos para llegar a un punto final. Lo hacemos por la experiencia misma, por el movimiento, por el instante.

Y quizá ahí está la lección más simple —y más difícil de integrar—:

que incluso sabiendo que la canción terminará,

podemos elegir escucharla con atención,

bailarla con presencia

y compartirla con otros mientras dure.

Toda historia de amor contiene su despedida desde el primer beso.

Es una tarde de la primera semana de mayo de 2021. Después de acercarme bastante —y de que no se alejara mientras le mostraba fotos de mi último viaje a Cuzco— a una chica que me tenía locamente enamorado, le “robo” un beso. Ella me lo devuelve con gusto, y de ahí empieza una relación muy hermosa.

Un poco más de tres años después, a finales de septiembre de 2024, tras superar desafíos difíciles, convivir juntos, hacer planes de boda, crecer, atravesar duelos duros y sostenernos en nuestra vulnerabilidad, con mucho dolor decidimos abrazarnos, perdonarnos y despedirnos para siempre. No volvernos a ver nunca más.

¿Por qué pensamos que tiene que durar hasta viejos?

¿Quién nos vendió la idea del “para siempre”?

Nunca pensé que lo más difícil de amar fuera la despedida. Siempre creí que lo difícil era encontrar a alguien.

Proyecté una idea casi perfecta del amor: permanencia, felicidad, estabilidad. La sensación de que, pasara lo que pasara, siempre había una alternativa, y terminar no iba a ser una opción.

Durante mucho tiempo creí que el amor verdadero era el que resistía todo. El que sobrevivía a la rutina, al desgaste, al paso del tiempo.

Ahora no. Entendí algo que, si soy honesto, todavía estoy tratando de aceptar.

Empiezo a sospechar que el amor romántico no está hecho para quedarse.

Leer más...

Desde pequeño he sido fan del juego, me encantaba jugar. Pasaba horas jugando con mis juguetes, inventando un lore y un guion con historias y desarrollos de personajes, con desenlaces, dramas y traiciones. Mi creatividad e imaginación estaban a flote. Y todas esas historias solo yo las conocía, y nadie más; eran para mí y solo para mí, el disfrute era permanente.

También dibujaba, creaba muchos personajes, héroes, antihéroes, villanos y secuaces. Practicaba mucho deporte, sobre todo fútbol, mucho fútbol, baloncesto y voleibol, y demasiadas horas jugando videojuegos.

En aquel tiempo, la vida como niño y adolescente estaba más llena de juego y, de alguna manera, en mi caso al menos, era mucho más divertida.

No sentía el peso ni la rigidez de ahora, esas expectativas fuertes frente a los demás, frente a la sociedad, el clásico “debería hacer esto porque ya tengo esta edad”, “una casa, un carro, casarme, etc.” Y bueno, aunque tenía responsabilidades de adolescente, como ir al colegio o hacer tareas, no era lo que reinaba o dominaba mis pensamientos.

«Las cosas que los niños y niñas aprenden por iniciativa propia durante el juego libre, no pueden ser aprendidas de otra manera” Peter Gray.

Cuando empiezas a ser adulto, lentamente se empieza a perder ese disfrute, esta visión de la vida. De repente, tu vida gira en torno, casi exclusivamente, al trabajo y a las obligaciones de la vida adulta. Y aun si eres de los pocos privilegiados que tienen un trabajo que les gusta y disfrutan, habrá momentos en que se tornará pesado: papeleos y actividades burocráticas que seguramente no disfrutarás del todo.

Si tuviste una infancia de juego, verás con nostalgia esos tiempos en los que no querías ir a dormir porque querías seguir jugando.

Ahora seguramente se preguntarán: “Pues sí, pero ya crecimos, nos corresponde ser adultos responsables, no podemos vivir en fantasías”.

Leer más...

La diferencia entre saber algo y encarnarlo

En muchas ocasiones me he encontrado en conversaciones con familiares y amigos donde hablábamos, de forma indirecta, de verdades o realidades que nos afectan a todos los seres humanos.

De que la vida es corta. De que no podemos darla por sentada.

Por ejemplo, en alguna conversación entre copas con amigos, uno de ellos comentaba:

“La vida no la tenemos comprada y hay que disfrutar cada momento vivido, por minúsculo que sea.”

Y con toda razón: es una verdad que se aplica de forma universal a todos los seres humanos en este planeta. Una verdad que nos recuerda la mortalidad y la impermanencia de las cosas.

Aunque estoy completamente de acuerdo con tal afirmación, mi amigo rara vez la ponía en práctica, pues se enojaba a menudo por problemas menores. Frecuentemente se quejaba de por qué el tráfico es tan malo, de por qué en el restaurante lo atendieron pésimamente o de por qué no pudo cerrar un negocio. Muy a menudo se le veía con ansiedad e intranquilidad; por defecto, estaba enojado.

Realmente no podría juzgarlo. Vivió momentos muy duros durante toda su vida y sus circunstancias fueron bien difíciles. Sospecho que había algo más, pero ese no es mi punto.

Pero a lo que voy es que no solo era él; también lo he visto en otras personas, en la mayoría, de hecho. Es extraño encontrar a alguien que realmente lo ponga en práctica.

Hoy en día tenemos gente que se tatúa la frase Memento Mori, pero pasan más de cinco horas scrolleando en Instagram y TikTok diariamente.

Deseamos una vida larga, pero en el momento en que tenemos tiempo libre, no sabemos qué hacer con él.

¿Por qué? ¿Por qué sabiendo la verdad de manera objetiva, tácitamente la negamos, actuamos como si no fuera cierta, procrastinamos e ignoramos vivir esa verdad?

Leer más...

Desde que tengo consciencia, he escuchado calificativos como

“Esa persona es Mala”

“No te juntes con ellos, esos parecen ser amigos pero son malos”

o sentencias más fuertes como:

“Ese hombre es la maldad personificada”

Lo ultimo típicamente refiriéndose a personajes que cometieron actos terribles por supuesto, como Hitler o Pol Pot.

No entrare en detalle en este articulo sobre lo perjudicial y poco preciso que suele traer el uso del verbo “ser”, ni tampoco en toda la mitologia que rodea la maldad.

Pero sí quiero centrarme en tratar de argumentar lo que expongo en el título.


Empecemos :

Tomemos como punto de partida la frase “La maldad personificada”.

Queriendo decir que alguien puede encarnar físicamente este fenómeno llamado “Maldad”.

Pero, ¿dónde podríamos encontrarla si no está personificada? ¿Si no podemos verla en los actos crueles que podría cometer un ser humano?

Solo se me ocurren 2 lugares.

Fenómenos naturales y Animales no-humanos.

¿Tal vez en desastres naturales, terremotos, volcanes o inundaciones?.

Veamos, debemos reconocer que, durante miles de años —incluso antes de que existiera vida sintiente — el planeta ya ha pasado por cambios drásticos y ha experimentado una gran cantidad de fenómenos y cataclismos naturales.

Han existido mas de cinco extinciones masivas a lo largo de la historia de la Tierra.

Es más, gracias al meteoro que extinguió a los dinosaurios, hoy estamos aquí. Ese fenómeno, indirectamente, permitió la aparición y proliferación de los mamíferos, lo que finalmente allanó el camino para la evolución del ser humano.

Si estos fenomenos existian antes de la vida sintiente, y aun siguen pasando, no hay razon para afirmar que existe una agenda hostil. Me inclino a pensar lo que afirmaba mi divulgador cientifico preferido Carl Sagan.

Leer más...

Enter your email to subscribe to updates.