Busca Jugar todo el tiempo

Desde pequeño he sido fan del juego, me encantaba jugar. Pasaba horas jugando con mis juguetes, inventando un lore y un guion con historias y desarrollos de personajes, con desenlaces, dramas y traiciones. Mi creatividad e imaginación estaban a flote. Y todas esas historias solo yo las conocía, y nadie más; eran para mí y solo para mí, el disfrute era permanente.

También dibujaba, creaba muchos personajes, héroes, antihéroes, villanos y secuaces. Practicaba mucho deporte, sobre todo fútbol, mucho fútbol, baloncesto y voleibol, y demasiadas horas jugando videojuegos.

En aquel tiempo, la vida como niño y adolescente estaba más llena de juego y, de alguna manera, en mi caso al menos, era mucho más divertida.

No sentía el peso ni la rigidez de ahora, esas expectativas fuertes frente a los demás, frente a la sociedad, el clásico “debería hacer esto porque ya tengo esta edad”, “una casa, un carro, casarme, etc.” Y bueno, aunque tenía responsabilidades de adolescente, como ir al colegio o hacer tareas, no era lo que reinaba o dominaba mis pensamientos.

«Las cosas que los niños y niñas aprenden por iniciativa propia durante el juego libre, no pueden ser aprendidas de otra manera” Peter Gray.

Cuando empiezas a ser adulto, lentamente se empieza a perder ese disfrute, esta visión de la vida. De repente, tu vida gira en torno, casi exclusivamente, al trabajo y a las obligaciones de la vida adulta. Y aun si eres de los pocos privilegiados que tienen un trabajo que les gusta y disfrutan, habrá momentos en que se tornará pesado: papeleos y actividades burocráticas que seguramente no disfrutarás del todo.

Si tuviste una infancia de juego, verás con nostalgia esos tiempos en los que no querías ir a dormir porque querías seguir jugando.

Ahora seguramente se preguntarán: “Pues sí, pero ya crecimos, nos corresponde ser adultos responsables, no podemos vivir en fantasías”.

Estoy de acuerdo en parte, pero no tenemos que renunciar al juego en nuestras vidas; podemos incorporarlo y, de hecho, nos vendría muy bien. Es más, puede hasta salvar la vida.

¿Qué es el Juego?

El juego, para el antropólogo Johan Huizinga, es la categoría fundamental del comportamiento humano: sin el juego, la civilización no existiría. Y no es solo entretenimiento infantil. Es una actividad estructurante de sentido, con características específicas.

Hasta entonces, el ser humano se había definido principalmente como:

Homo sapiens (el que piensa) y Homo faber (el que fabrica)

Huizinga propone una tercera raíz más profunda: el ser humano es, ante todo, un ser que juega (Homo Ludens)

A nivel individual y psicológico, en el juego exploramos identidades, probamos límites sin consecuencias fatales y ensayamos roles (liderar, perder, cooperar).

Además, es una forma segura de autodescubrimiento:

Se restaura la creatividad. Ayuda a entrar en estado de flujo El ego se suaviza.

«Lo que hace excepcional a la especie humana, es que estamos diseñados para jugar durante toda la vida». Stuart Brown.

No he conocido una sola persona en mi vida que no disfrute o haya disfrutado algún tipo de juego, sean deportes, individuales o colectivos, o juegos infantiles.

¿Quién de nosotros no disfrutó al menos alguno de estos: las escondidas, el loco paralizado, la lleva (la eres) o, en su defecto, juegos de mesa como dominó, póker, monopolio, bingo, ludo, Risk, Stop, etc.?

Esta es una explicación fundacional sobre cómo los seres humanos nos hemos desarrollado (y lo seguimos haciendo) a través del juego.

Decía Albert Camus:

“Todo lo que sé sobre la moral y las obligaciones de los hombres se lo debo al fútbol”.

Esta frase la siento en el alma. He sido fan del fútbol y lo he jugado por mucho tiempo a nivel recreacional y amateur. Podría escribir un artículo entero sobre cómo ha influido en mis valores y en cómo veo la vida: cómo trabajar en equipo, cómo ser un líder, cómo ayudar, cómo controlar el ego, cómo equivocarse y aprender a perder, de compañerismo, de solidaridad, etc.

No creo que solo pase en el fútbol; probablemente ocurra en cualquier práctica deportiva colectiva. Camus decía que se pueden encontrar paralelismos con todas las vicisitudes de la vida .

Marshall Rosenberg y cómo ver todo como un juego

Desde hace unos años he notado que, cuando juego a algo o cuando lo adopto como un “juego”, tengo una energía diferente para encarar los desafíos de esa actividad.

Eso es algo que, a nivel psicológico, Marshall Rosenberg, creador de la CNV (Comunicación No Violenta) y uno de mis héroes personales, me cambió la vida con algo muy sencillo (en realidad, con toda su obra). Él mencionaba que deberíamos ver la vida, y toda acción que hagamos, como un juego, como una forma de contribuir a la vida misma.

Que deberíamos deshacernos de motivaciones guiadas por el miedo, la culpa, la vergüenza, el deber u la obligación.

Él menciona en su libro un par de historias personales. Una de ellas era que odiaba hacer historias clínicas, y lo hizo por mucho tiempo, suponiendo que, como él era psiquiatra, tenía que hacerlo; pues era su trabajo.

Pero al verificar con detenimiento las razones de por qué lo hacía, se dio cuenta de que era por dinero, e inmediatamente comprendió que podía hacer dinero de otra forma o que, a lo mejor, no tendría que hacer todas esas historias clínicas. Se dio cuenta de que podía elegir.

“Tal vez de las más peligrosas de las conductas sea hacer las cosas porque se supone que tenemos que hacerlas”.

Él mencionaba también que llevar a los niños a la escuela le parecía demasiado tedioso. Pero, en esta ocasión, al examinar la causa que justificaba llevarlos, se dio cuenta de los beneficios que obtenían sus hijos al asistir a esa escuela. La institución quedaba lejos, pero ofrecía unos valores educativos que Marshall valoraba. De repente, la energía desde la cual lo hacía cambió totalmente y la queja se desvaneció.

“Tengo que hacer esto” por “Elijo hacer esto porque valoro…”

Usemos un par de ejemplos:

“Tengo que hacer dieta y hacer ejercicio”.

“Elijo hacer dieta y hacer ejercicio porque valoro mi salud y mis niveles de energía”.

“Tengo que ver a mi amigo porque se siente solo después de su separación, aunque estoy cansado y no me apetece”.

“Elijo ir a ver a mi amigo y acompañarlo porque valoro nuestra amistad y su bienestar”.

Cuando hacemos algo porque queremos, porque elegimos hacerlo, incluso algo difícil, el cuerpo y la mente lo viven distinto.

Preguntémonos: ¿cuántas veces llevamos a cabo acciones por obligación, por un sentido del deber, por dinero, por aprobación o para evitar el castigo o la culpa?

Tal vez más de las que estamos dispuestos a admitir.

“En una hora de juego se puede descubrir más acerca de una persona que en un año de conversación” -Platón.

En nuestra educación y en nuestra cultura, y de hecho en nuestro lenguaje mismo, están tan inmersas las palabras “debería”, “tendría”, que hemos olvidado que podemos elegir; hemos olvidado nuestra posibilidad de agencia.

Eso me pasaba: notaba que la energía que daba al jugar, a disfrutar el juego, a hacer todo lo posible por ganar, siguiendo las reglas y sin ser abusivo, me enseñaba de todo y me hacía sentir mejor, más vivo.

A eso siento que se refiere Rosenberg.

Cultivar la conciencia de la energía que se encuentra detrás de nuestras acciones.

Después de leer a Rosenberg, empecé a buscar gamificar mis experiencias, enfocándome en objetivos, desafíos y recompensas, en lugar de verlas como una obligación; se trata de adoptar una mentalidad activa, crear “misiones”, aprender de los “fallos” (errores) y disfrutar el “viaje” de la vida como crecimiento, no solo del destino, aplicando estrategias, tomando decisiones y construyendo un “personaje” fuerte.

¿Por qué es tan importante el disfrute según Gabor Maté?

Recuerdo que solía ser muy rígido en mi personalidad —muy tímido, muy estructurado— hasta hace unos ocho años. De chico, siempre que sacaba buenas notas en clase, recibía mucha validación externa de mis profesores y de mi familia. Aunque eso reforzaba mis ganas de aprender, también limitaba la posibilidad de explorar otras partes de mí, sobre todo la espontaneidad. No sé exactamente por qué. Creo que, como me conocían como esa versión timida, no me daba el permiso de explorar esa otra parte.

Mi identidad ha estado vinculada fuertemente con mi mente y con el pensamiento lógico-deductivo. Aún sigo luchando con ello: sobrepensando y tratando de resolverlo todo. Eso me trajo muchos beneficios, pero me quitaba, en cierta forma, el disfrute.

Hasta que entré en contacto con el arte: tocando guitarra, escribiendo, haciendo impro. Lo disfruté, y aún lo sigo haciendo, conociéndome a mí mismo y descubriendo facetas de manera compasiva, sin desviarme de los principios que más valoro. Me di cuenta de que mi identidad no tiene por qué ser rígida.

“No estás obligado a ser la misma persona que eras hace cinco minutos.” — Alan Watts

Maté, en su libro El mito de la normalidad, menciona que recuperar el disfrute puede salvarte la vida.

Desde su mirada clínica (trauma, adicciones, enfermedad), Maté observa un patrón claro:

La mayoría de las personas afectadas por situaciones traumáticas, que posteriormente desarrollan enfermedades autoinmunes o adicciones severas, suelen ser personas muy responsables, muy autoexigentes, muy desconectadas del placer y muy duras consigo mismas.

Esta personalidad que desarrollaron fue simplemente una respuesta a eventos duros, donde solo de esa manera podían sobrevivir. Pero esa personalidad no es rígida, y merece cambiar; necesita cambiar y adaptarse cuando ya no estás en modo supervivencia.

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No voy a entrar en detalles acerca del trauma, pero lo que llegué a conectar leyendo ese capítulo del libro de Maté es que, si tu identidad no te la tomas de manera tan rígida y le das espacio al juego en la vida, si te permites un lugar donde tu yo auténtico pueda existir sin estar en juicio permanente, es uno de los mayores actos de amor y autocompasión que podemos tener con nosotros mismos

Conclusión

Para mí está claro: jugar es una forma de autocompasión profunda. Cuando una persona actúa desde el deseo de contribuir y no desde la culpa, cuando puede reírse de sí misma y soltar la identidad rígida, su cuerpo descansa y su vida recupera sentido.

Además, tenemos solo una vida. ¿Por qué hacerla tan seria? Podemos ser responsables y, aun así, jugar y contribuir a esta única y maravillosa experiencia en esta roca flotante junto a otros seres.


Referencias

Huizinga, Johan. Homo Ludens. 1938.

Rosenberg, Marshall B. Nonviolent Communication: A Language of Life. 1999.

Maté, Gabor y Daniel Maté. El mito de la normalidad. 2022.