Te vas a despedir. Es parte del amor.
Toda historia de amor contiene su despedida desde el primer beso.
Es una tarde de la primera semana de mayo de 2021. Después de acercarme bastante —y de que no se alejara mientras le mostraba fotos de mi último viaje a Cuzco— a una chica que me tenía locamente enamorado, le “robo” un beso. Ella me lo devuelve con gusto, y de ahí empieza una relación muy hermosa.
Un poco más de tres años después, a finales de septiembre de 2024, tras superar desafíos difíciles, convivir juntos, hacer planes de boda, crecer, atravesar duelos duros y sostenernos en nuestra vulnerabilidad, con mucho dolor decidimos abrazarnos, perdonarnos y despedirnos para siempre. No volvernos a ver nunca más.
¿Por qué pensamos que tiene que durar hasta viejos?
¿Quién nos vendió la idea del “para siempre”?
Nunca pensé que lo más difícil de amar fuera la despedida. Siempre creí que lo difícil era encontrar a alguien.
Proyecté una idea casi perfecta del amor: permanencia, felicidad, estabilidad. La sensación de que, pasara lo que pasara, siempre había una alternativa, y terminar no iba a ser una opción.
Durante mucho tiempo creí que el amor verdadero era el que resistía todo. El que sobrevivía a la rutina, al desgaste, al paso del tiempo.
Ahora no. Entendí algo que, si soy honesto, todavía estoy tratando de aceptar.
Empiezo a sospechar que el amor romántico no está hecho para quedarse.
No lo digo con cinismo. Tampoco con resentimiento. Lo digo con la extraña serenidad que aparece cuando uno empieza a mirar su propia historia con un poco más de honestidad.
He amado profundamente. Y también he visto cómo ese amor, que alguna vez parecía invencible, se iba transformando lentamente en otra cosa. No siempre en dolor, ni siquiera en distancia inmediata. A veces simplemente en silencio. En una especie de melancolía anticipada mientras la relación aún existía.
Nadie nos enseña a amar con fecha de caducidad.
Nos enseñan a prometer “para siempre”, pero no a agradecer el “mientras tanto”.
El “hasta que la muerte nos separe” quizá sea uno de los edictos más crueles y engañosamente consoladores en los que hemos creído.
Pensaba que el objetivo del amor era durar. Que si algo terminaba, entonces algo fundamental había fallado. Que alguien había amado menos. Que alguien no había luchado lo suficiente.
Ahora empiezo a sospechar que esa idea es una trampa.
Quizás el amor no está diseñado para ser eterno.
Quizás está diseñado para ser vivido.
Para despertarnos. Para mostrarnos partes de nosotros mismos que no habríamos descubierto solos. Para crecer con el otro y ayudar al otro a crecer. Para volver a ser un poco infantiles. Para descubrir qué te importa y qué no.
Para hacernos sentir, aunque sea por un tiempo breve y milagroso, que la vida es más grande de lo que parecía antes de conocer a esa persona.
Y aun sabiendo todo esto, todavía hay una parte de mí que quiere creer en el “para siempre”.
Esa parte todavía protesta cuando algo termina. Todavía pregunta por qué. Todavía busca en el pasado maneras de haberlo salvado.
Supongo que hacer las paces con el amor implica convivir con esa contradicción: entender que todo es pasajero, y aun así querer que ciertas cosas duren un poco más.
Tal vez amar bien no significa aferrarse ni resignarse.
Tal vez significa algo más simple y más difícil: estar completamente presente mientras sucede, y aprender de lo que ese amor vino a mostrarte
A veces pienso que la vida se parece más a un tren lleno de encuentros temporales. Personas que se sientan a tu lado por algunas estaciones, comparten el paisaje contigo, sacan fotos, cambian algo dentro de ti… y luego, en algún momento que nunca parece el adecuado, se levantan y bajan en otra parada.
Todavía hay una parte de mí que quisiera pedirles que se quedaran.
Pero otra parte empieza a entender que el verdadero regalo nunca fue que permanecieran, sino que, entre millones de trayectorias posibles, nuestros caminos coincidieran durante un tramo del viaje.