La Vida Que No Quiero Automatizar

Sobre IA, fricción y las cosas que todavía vale la pena hacer por nosotros mismos

Cada vez que viajo, disfruto mucho conversar con locales o con otros viajeros. Me parece una forma preciosa de conectar con la gente; de descubrir algo de su cultura, escuchar sus expresiones y acentos, entender sus formas de mirar la vida. Se me hace bastante enriquecedor esas conversaciones pequeñas que aparecen casi por accidente.

En uno de esos viajes conocí a una chica que vivía en Sevilla. Estaba con un grupo de amigas y, en algún momento, la conversación derivó hacia recomendaciones sobre la ciudad. O más bien, fui yo quien la llevó hacia allí, porque pronto viajaría a Sevilla y quería preguntarle por lugares, restaurantes y actividades que valieran la pena.

Su respuesta me pareció algo cortante, aunque quizá esa no era su intención. Me dijo que podía preguntarle directamente a ChatGPT.

Y sí, por supuesto que podía hacerlo. Probablemente hoy sea lo más práctico, tanto para mí como para ella. ChatGPT podía darme una lista más ordenada, más rápida y tal vez incluso más completa. Pero no pasó mucho tiempo después de ese comentario para que la conversación muriera y apareciera un silencio incómodo.

No sé exactamente qué había detrás de su respuesta. Tal vez ya no quería hablar más. Tal vez no sabía qué recomendarme. Tal vez sinceramente pensó que era la mejor opción.

Pero lo que empezó a interesarme no fue tanto su intención, sino el gesto en sí.

Porque claro, técnicamente tenía todo eso accesible en mi laptop o en mi teléfono. ChatGPT podía recordarlo todo, organizarlo mejor e incluso, probablemente, priorizar actividades y lugares según mis gustos. También era práctico para ella: nos ahorrábamos varios minutos de conversación y el esfuerzo de intentar recordar nombres, calles, restaurantes o detalles que quizá se le escapaban.

¿Era eso lo único que yo quería? ¿El acto práctico de recibir recomendaciones?

Creo que no. En realidad, también quería conectar con esa persona. Quería descubrir qué cosas teníamos en común, en qué puntos podíamos reconocernos, ver su expresión corporal cuando hablaba de un lugar que le gustaba, escuchar el tono con el que recomendaba algo, contagiarme un poco de su entusiasmo. Básicamente, quería conectar. Probablemente ni siquiera lo tenía del todo claro en ese momento; era una intención más intuitiva que racional.

Como seres humanos, buscamos seguridad, pertenencia y bienestar a través de los vínculos sociales. No solo queremos datos; queremos señales humanas, esto está profundamente anclado en nuestra biología y en nuestra psicología.

No sé si esto tiene que ver también con mi contexto cultural. Como latinoamericano, y particularmente como venezolano, siento que hay algo muy natural en saludar, conversar y buscar conexión incluso en situaciones pequeñas.

Después de presenciar este caso, se me viene la pregunta:

¿Cuántas oportunidades de encuentro estamos dejando pasar porque una herramienta puede darnos una respuesta más rápida?

“Todas las maravillas de la tecnología y los prodigios mecánicos son solo toneladas de chatarra a menos que mejoren la vida de la gente”. – Jacque Fresco


El otro día estaba reunido con un grupo de nómadas digitales y salió una conversación sobre la inteligencia artificial: sus aspectos positivos, sus riesgos, sus posibilidades. En algún momento mencioné esta anécdota, y una chica del Reino Unido me habló de un hermoso poema de Shawn Smucker titulado Please Use AI..

Eso me hizo pensar en muchas situaciones en las que yo mismo he usado la IA para obtener un resultado práctico, adquirir conocimiento sobre un tema o entender mejor una situación compleja. Muchas veces la uso, por ejemplo, para consultar detalles sobre recetas de comida. Me ahorra tiempo, me simplifica el proceso y me da una practicidad real en el día a día.

Y, sin embargo, pienso en otra cosa.

Las últimas notas de voz que conservé de mi madre antes de morir fueron precisamente sobre unas recetas que solo ella sabía preparar. Cada vez que las escucho, no puedo evitar conmoverme. A veces incluso lloro. Esas notas no son solo instrucciones de cocina. Son su voz. Su cadencia. Su manera de cuidar. Su presencia atravesando el tiempo. Eso, los videos y fotos, son mi recuerdo.

Después de su muerte, esas notas se volvieron un recuerdo precioso. Un pequeño espacio de consuelo que me acompañará durante el resto de mi vida.

En otra ocasión, recuerdo que tenía un concierto y mis camisas estaban algo arrugadas. La verdad es que nunca me había tomado el tiempo de aprender a planchar correctamente. Sabía que probablemente, después de ver un par de videos en YouTube, podría resolverlo por mi cuenta. De hecho, así aprendí a doblar mejor la ropa cada vez que viajaba.

Pero esa vez tomé otra decisión: le pregunté a mi prima, que me lleva alrededor de quince años y que aprendió a planchar con mi abuela.

Mientras me enseñaba y planchaba conmigo, sentí una cercanía enorme. Me contó cómo había aprendido desde pequeña, cuando tenía catorce años, junto a mi abuela. Entre camisa y camisa, fueron apareciendo anécdotas de su infancia y de su adolescencia. Lo que empezó como una tarea doméstica terminó convirtiéndose en un pequeño acto de memoria familiar.

Nuestros vínculos se fortalecieron no a pesar de la fricción, sino gracias a ella.

También recuerdo muchas veces en las que he sido yo quien ha dado consejos o ayuda a otros. En esos momentos me he sentido útil. Me he sentido bien. Me gusta ayudar, colaborar, compartir lo que sé. Hay algo enriquecedor en ofrecer ayuda, recibirla, necesitar a otros, dejar que otros también se sientan necesarios.

¿Cuántos de esos momentos preciosos me habría perdido si simplemente lo automatizara todo?

Y digo esto admitiendo que uso mucho la IA: para recibir consejos, organizarme, resolver dudas prácticas, estudiar o entender mejor ciertas situaciones. Me parece una herramienta maravillosa. Pero justamente por eso creo que conviene preguntarnos por sus límites. ¿De verdad nos conviene eliminar toda fricción? ¿Cuándo tiene sentido, incluso pudiendo automatizar algo, preguntarle a un familiar, a un amigo o a un conocido? ¿Dónde sigue siendo valioso ofrecer y recibir ayuda?

No Toda Incomodidad Es Un Error

«¿Te insulta alguien? Te está entrenando para ser paciente. ¿Te trata mal un vecino? Te está entrenando para ser tolerante. Del mismo modo que un entrenador de gimnasio te prepara con pesas difíciles, las personas difíciles son las pesas que entrenan tu carácter». – Epicteto en Disertaciones

La idea puede sonar dura, pero tiene algo profundamente útil: no toda incomodidad es un error que debemos eliminar. Algunas incomodidades son parte del entrenamiento de vivir.

Pienso en esto cuando observo cómo cada vez preferimos más la comunicación escrita, controlada y editable. Muchas personas, y me incluyo, a veces preferimos enviar un mensaje antes que llamar. El mensaje nos permite pensar, corregir, borrar, responder cuando estamos listos. La llamada, en cambio, nos expone. Nos obliga a improvisar, a sostener silencios, a escuchar el tono de la otra persona, a responder en tiempo real.

Entiendo por qué puede generar ansiedad. Hablar directamente con alguien implica perder parte del control. Pero justamente ahí también hay una práctica. En la vida real vamos a tener que conversar con otras personas: en entrevistas de trabajo, al alquilar un piso, al salir con alguien, al resolver un conflicto, al hacer nuevos amigos, al pedir ayuda o al ofrecerla.

Esa fricción entrena nuestras habilidades sociales. Nos enseña a leer gestos, a ajustar el tono, a tolerar la incomodidad, a reparar un malentendido, a estar presentes. Si eliminamos toda situación que nos incomoda, también eliminamos muchas de las oportunidades que nos forman para estas situaciones.


Durante muchos años me costaba hablar frente al público y expresar con claridad lo que quería. Pasaba demasiado tiempo en mi cabeza, esperando quizá que los demás adivinaran mis necesidades. Incluso me sentía culpable por pedir ciertas cosas, aunque no supiera muy bien por qué. Con el tiempo empecé a tomar acción y a entenderme mejor. Recuerdo haber visto un video sobre habilidades sociales donde alguien decía, más o menos: “abraza la incomodidad; no pasa nada, nadie se va a morir. Así se aprende”. Esa idea se quedó conmigo.

En esa incomodidad se entrenan capacidades que ninguna interfaz perfectamente personalizada puede reemplazar. La paciencia, la presencia, el tono, la escucha, la reparación, la capacidad de improvisar y de leer al otro se desarrollan practicándolas.

Podemos pensarlo así: los astronautas necesitan entrenar sus músculos cuando pasan demasiado tiempo sin gravedad, porque de lo contrario se atrofian. Algo parecido puede ocurrir con nuestros músculos sociales. Si evitamos constantemente toda situación incómoda, si delegamos cada interacción difícil, si buscamos siempre la respuesta más rápida y menos expuesta, corremos el riesgo de perder práctica precisamente en aquello que nos permite convivir.

Fricción y placer cuando estás creando.

He trabajado muchos años en el mundo de la tecnología como desarrollador de software. He creado aplicaciones, páginas web y scripts que automatizan áreas de mi vida, y también herramientas que prestan un servicio a instituciones, empresas privadas u ONG. Siempre he encontrado algo profundamente satisfactorio en terminar algo que empiezo, y suelo disfrutar bastante lo que aprendo en el camino.

Cuando termino un ensayo, o cuando empiezo un proyecto de código y comienzo a levantarlo con todo su stack tecnológico, hay una sensación muy particular. Configurar el entorno, instalar paquetes, preparar la base de datos, pensar la arquitectura, diseñar el modelo entidad-relación, construir el backend y conectar todas esas piezas tienen algo de oficio. Se disfruta ver cómo, combinando ciertas partes y herramientas, algo empieza a funcionar.

Aunque no sea físico, aunque sea digital, sigue siendo algo lógico, consistente, estructural. Algo con un propósito, orientado a un resultado. Hay un placer especial en diseccionar capas, entender componentes, ver cómo se relacionan entre sí y descubrir qué hace que un sistema cobre vida.

Por supuesto, nada de eso lo he creado desde cero completamente. Yo no inventé los lenguajes de programación, ni los frameworks, ni las librerías, ni la computadora que uso. Tampoco inventé la electricidad ni la electrónica sobre la que se sostiene toda esta tecnología. Pero eso no invalida el proceso. De la misma manera que un carpintero no necesita haber cortado el árbol ni extraído la madera para experimentar el placer de construir una mesa.


Mi punto es que hay un disfrute real en adentrarse en el interior de un tema práctico, en entender cómo se relacionan sus capas y componentes.

Recuerdo muchas veces sentirme frustrado instalando Linux por primera vez, sin saber por dónde empezar, cómo instalar un paquete o cómo resolver la instalación de una librería que necesitaba para crear comunicación asíncrona en Django hace más de nueve años.

Tuve que revisar foros, leer documentación, preguntar en comunidades de Python, equivocarme y volver a intentar hasta dar con la solución.

Hacer funcionar algo me obligó a investigar, a tener paciencia, a ser lo suficientemente curioso como para entender qué había detrás y cómo hacerlo andar.

Ese proceso no me dio solo conocimiento técnico. Me dio también una perspectiva sobre cómo se conectan las cosas y, sobre todo, paciencia para enfrentar problemas difíciles sin una guía clara.

Probablemente me enseñó aspectos de la tecnología que no se aprenden solamente leyendo un libro o escuchando a un profesor. Hay cosas que se aprenden equivocándose, frustrándose, observando las propias emociones y descubriendo cómo gestionarlas. Aprendes que a veces lo más sensato es levantarte, tomar un descanso y volver más tarde. Otras veces, en cambio, conviene quedarte varias horas concentrado, siguiendo una pista hasta el fondo, aunque todavía no sepas exactamente adónde te llevará.

Con el tiempo vas desarrollando una especie de sabiduría práctica: cuándo parar para poder avanzar mejor, cuándo insistir, cuándo pedir ayuda, cuándo buscar otra estrategia, cuándo aceptar que todavía no entiendes lo suficiente. Y, sobre todo, aprendes a confiar en que eventualmente podrás acercarte a una solución.

Hoy, con el desarrollo asistido por IA, muchas veces basta con preguntar, enviar un par de prompts, revisar la respuesta y sentir que el trabajo está “hecho”. Y en muchos casos eso es extraordinariamente útil. Pero también puede hacernos perder una parte valiosa del proceso: esa fricción, esa frustración y ese esfuerzo que construyen músculo intelectual y resiliencia.

Lo preocupante no es solo que podamos perder tolerancia a la frustración. También podríamos debilitar nuestra capacidad de pensar cómo abordar una tarea, cómo descomponer un problema, cómo formular hipótesis, cómo probar caminos distintos y cómo sostener la atención cuando la respuesta no aparece de inmediato.

Perder esa capacidad puede ser fácil, porque la IA nos ofrece constantemente el camino de menor resistencia.

No Se Puede Delegar El Conocimiento

Recuerdo haber leído un artículo muy interesante de Matt Gemmell, exdesarrollador de software, titulado What Have You Tried?_

(Articulo que solo sobrevive en archive.org debido a que cerro su antiguo blog)

El artículo hablaba de una actitud frecuente en ciertos desarrolladores: enfrentarse a un problema y, antes de haberlo intentado seriamente, pedir directamente la solución completa en otro lugar.

Por supuesto, en ingeniería muchas veces el objetivo práctico es entregar una solución, construir código para un cliente o desbloquear un problema concreto. Pero la crítica de Gemmell apuntaba a la falta de voluntad para alcanzar ese objetivo mediante un proceso honesto de autoaprendizaje, experimentación, intentos fallidos, refinamiento y mejora progresiva.

Me da la sensación de que este proceso puede debilitarse todavía más con la IA, especialmente cuando el afán principal es entregar resultados rápidos.

Si las nuevas generaciones aprenden a crear código principalmente a través de asistencia automática, corren el riesgo de saltarse una parte fundamental del aprendizaje:

El esfuerzo de formular el problema, intentar una solución, equivocarse, investigar, volver a probar y entender por qué algo funciona.

Ese proceso importa porque no solo te prepara para resolver el desafío actual. También construye una biblioteca interna de problemas conocidos, patrones, intuiciones y caminos posibles. Con el tiempo, empiezas a reconocer situaciones similares, a generalizar conocimientos y a abordar problemas desconocidos con más confianza. Aprendes a investigar de forma más enfocada. Aprendes a pensar.

Aunque el artículo de Gemmell está dirigido a la ingeniería y a la resolución de problemas complejos, creo que también aplica a la virtud y a la sabiduría.


Me recuerda mucho a la crítica que Séneca hace de Calvisio Sabino en las Cartas a Lucilio.

Séneca cuenta que Sabino era un hombre riquísimo, pero no especialmente culto. Para compensarlo, compraba esclavos muy instruidos: uno sabía de memoria a Homero, otro a Hesíodo, otros dominaban distintos poetas o áreas del conocimiento. Así podía rodearse de cultura sin haberla trabajado interiormente. Si necesitaba citar algo, sus esclavos lo recordaban por él.

En cierto sentido, estaban a sus pies como asistentes a demanda. Estaban, literalmente, a un prompt de distancia.

La crítica de Séneca era durísima:

El conocimiento no se puede delegar de esa manera. Puedes comprar libros, maestros, esclavos cultos o herramientas, pero no puedes comprar la transformación interior que produce el estudio. No basta con tener cerca a alguien que sabe. No basta con tener acceso inmediato a respuestas.

La IA nos pone frente a una versión contemporánea de esa misma tentación.

Podemos pedirle que cite libros que no hemos leído, que resuma ideas que no hemos meditado, que escriba argumentos que no hemos sufrido intelectualmente. Puede ser una herramienta extraordinaria, pero también puede convertirse en una forma elegante de aparentar profundidad sin atravesar el esfuerzo que la profundidad exige.

Con esto no quiero decir que la IA impida aprender. Al contrario, creo que puede ayudarnos a ir mucho más lejos. Podemos usarla para conocer mejor cada capa de un problema, preguntar por aquello que no entendemos, pedir ejemplos, contrastar ideas, profundizar en cada interacción. De hecho, eso intento hacer muchas veces. En ese sentido, puede ser una maestra extraordinaria.

Pero hay una diferencia entre usarla para aprender y usarla para saltarnos el aprendizaje. La primera opción exige más tiempo, más preguntas, más atención. La segunda nos entrega una sensación rápida de resultado, pero puede dejarnos sin haber incorporado realmente nada.

No debemos confundir asistencia con formación.

A eso voy: el peligro que veo es que podemos perder demasiada fricción. Queremos la solución instantánea, la respuesta inmediata, el resultado presentable, sin pagar el precio de aprender de verdad la herramienta, sin navegar la frustración, sin dejar que la información se asiente en nuestra mente y en nuestro cuerpo. Saber no es tener información alrededor; saber es haberla trabajado, digerido e incorporado hasta convertirla en criterio.

Carl Sagan ya advertía algo parecido cuando decía que vivimos en una sociedad exquisitamente dependiente de la ciencia y la tecnología, en la que casi nadie sabe nada sobre ciencia y tecnología. Para él, depender de aquello que no entendemos era una fórmula segura para el desastre.


Eficientes Para Qué

Nuestro sistema económico nos pide resultados para ayer. Nos empuja a ser más rápidos, más productivos, más eficientes. Quien entrega antes suele ser premiado. Quien responde más rápido parece más comprometido. La empresa que desarrolla una aplicación, un producto o un negocio antes que sus competidores puede capturar más mercado, más atención y más ganancias. La campaña de marketing que se vuelve viral con rapidez parece haber cumplido mejor su función.

No es solo que nos guste la inmediatez. Es que, a nivel económico, la inmediatez se premia y la demora se castiga.

La lentitud aparece casi como una falla moral o económica. Si algo tarda, parece ineficiente. Si algo exige pausa, parece improductivo. Si alguien necesita tiempo para pensar, dudar o madurar una decisión, puede parecer menos capaz que quien responde de inmediato.

Vivimos bajo una presión constante por ser eficientes. Pero la pregunta importante es: ¿eficientes para qué? ¿Para quién? ¿Para producir más, vender más y responder más rápido, o para vivir mejor?

Una empresa puede producir el doble con la mitad de trabajadores. Un programador puede generar mucho más código en menos tiempo. Podemos responder mensajes instantáneamente, crear imágenes en segundos y delegar decisiones a agentes.

Desde cierta métrica, todo eso parece progreso.


¿El progreso orientado a producir más y generar más dinero se traduce necesariamente en bienestar humano?.

No pretendo resolver aquí toda esa discusión. Me interesa, más bien, una pregunta más concreta: ¿qué ocurre con el tiempo que supuestamente ganamos?.

Para pensar esto vuelvo a Séneca. De nuevo en sus Cartas a Lucilio, en la primera carta se ha vuelto una de mis preferidas. Allí Séneca reflexiona sobre el tiempo como nuestro único bien verdaderamente irrecuperable, y sobre lo poco que solemos valorarlo.

Nos enojaría o entristecería mucho que alguien nos quitara nuestras posesiones materiales. Defenderíamos nuestro dinero, nuestra casa, nuestras cosas. Pero cuando algo o alguien nos quita tiempo, muchas veces ni siquiera lo cuestionamos. Lo material puede recuperarse. El tiempo, no

Séneca le pide a su amigo Lucilio algo aparentemente simple: que reclame su tiempo para sí mismo. Le advierte que parte del tiempo nos lo arrebatan, parte nos lo roban y parte se nos escapa sin darnos cuenta.

Con el uso masivo y acelerado de la IA, la pregunta importante no es solo cuánto tiempo nos ahorra, sino qué ocurre después con ese tiempo.

¿Vuelve realmente a nosotros? ¿Se convierte en contemplación, descanso, conversación, juego, pensamiento propio? ¿O simplemente es absorbido por un sistema que inmediatamente nos exige aprender más, producir más, consumir más, responder más rápido y mantenernos competitivos?

Si una herramienta me permite hacer en una hora lo que antes hacía en tres, eso podría ser una forma de liberación. Pero también puede convertirse en una nueva expectativa, ahora se espera que haga tres veces más.

Entonces no gané necesariamente dos horas de vida; gané capacidad productiva que puede ser absorbida de inmediato por nuevas demandas.

Por supuesto, esto no es un problema exclusivo de la IA.

La IA es una herramienta. Pero ninguna herramienta existe en el vacío.

La misma tecnología que puede ayudarnos a cuidar mejor la salud, aprender más rápido o resolver problemas complejos también puede ponerse al servicio de vigilancia, manipulación, explotación o guerra.

La diferencia no está solo en la capacidad técnica, sino en los incentivos, instituciones y estructuras que deciden hacia dónde se orienta esa capacidad.

No desarrollaré aquí toda esa discusión, aunque probablemente merece su propio ensayo.

Por ahora me basta con dejar abierta esta pregunta:

Cuando una tecnología nos ahorra tiempo, ¿ese tiempo vuelve realmente a la vida humana o es capturado de nuevo por la maquinaria de la productividad?


¿Qué No Quiero Delegar?

Para mí queda claro que hay ciertas fricciones y ciertos procesos que no deberíamos saltarnos tan fácilmente.

Trabajo todos los días con IA y conozco de primera mano lo extraordinariamente útil que puede ser. Sé lo fácil que sería pedirle que escriba un ensayo en segundos, mientras yo paso horas, e incluso días, reflexionando, corrigiendo y reescribiendo.

Entonces, si me preguntan. ¿Por qué escribir yo?

Porque escribir me obliga a embarcarme en un proceso propio de estudio. Me obliga a leer artículos, autores y escuelas de pensamiento; a reflexionar sobre distintas ideas; a conectarlas con mi experiencia; a preguntarme cómo las he sentido, vivido o entendido; a llevar ciertos argumentos más lejos de lo que inicialmente pensaba.

Muchas veces, al escribir sobre una idea, descubro que no era tan sólida como parecía. Cuando busco una metáfora o un ejemplo concreto, tengo que volver a mi propia experiencia. Siento que mi mente empieza a hacer nuevas conexiones. Entiendo mejor mis propias ideas y, a veces, también el mundo que intento describir.

No estoy solamente produciendo un ensayo como resultado. El ensayo también está haciendo algo conmigo.

A esto podríamos llamarlo fricción formativa: una dificultad que exige algo de nosotros y que, al atravesarla, desarrolla una capacidad o transforma nuestra comprensión.

Recuerdo que cuando empecé a programar, una de las primeras cosas que hice fue crear un script para clasificar automáticamente los archivos descargados en una carpeta según su tipo: si era un video, lo enviaba a una carpeta de videos; si era un PDF, ODT o DOCX, lo movía a documentos generales, y así sucesivamente.

Ese pequeño script me facilitaba una tarea repetitiva que hacía con frecuencia, que me quitaba tiempo y que, honestamente, no sentía que me estuviera enseñando demasiado.

Cuando automatizamos tareas repetitivas, aburridas o puramente administrativas, la tecnología puede devolvernos vida. Recordarnos pagar facturas, revisar nuestras finanzas, hacer mantenimiento a ciertas cosas, declarar impuestos o mover archivos de una carpeta a otra puede ser tremendamente útil.

En mi opinión, esas son fricciones inútiles: tareas que demandan atención, tiempo y energía sin producir aprendizaje significativo, vínculo humano o criterio nuevo.


Conclusión

Cuando empecé a escribir este ensayo, no sabía si tendría una respuesta. Ni siquiera sabía si tendría una pregunta. Solo quería expresar algunas preocupaciones generales sobre la tecnología, la IA, la automatización y esa tendencia creciente a eliminar toda fricción posible.

Ahora siento que, al menos, tengo una pregunta:

¿Qué cosas no quiero delegar aunque pueda?

¿Qué estoy cediendo al automatizar esto? ¿Qué fricción me estoy saltando? ¿Esa fricción era inútil o podía ser formativa? ¿Podía incluso ser disfrutable? ¿Qué estoy perdiendo al eliminarla? ¿Qué cualidades, experiencias o vínculos dejaría de cultivar?

En mi caso, no siento ningún problema en delegar que alguien más prepare mis impuestos. Tampoco me inquieta automatizar recordatorios, mover archivos o simplificar tareas administrativas que solo consumen atención sin devolverme demasiado.

Pero definitivamente no quiero delegar mi experiencia de aprender cómo funciona mi casa, cómo manejar mi dinero, cómo cuidar mi salud, cómo elegir amigos, cómo conversar, cómo improvisar, cómo pedir ayuda, cómo ofrecerla y cómo navegar por la vida.

Estas preguntas debería hacérselas cada persona.

Porque la tecnología es una herramienta, no tiene sentido rechazarla, sino aprender a usarla sin entregar partes esenciales de nosotros mismos.

Antes de automatizar algo, tal vez convenga preguntarnos:

¿Qué estoy ganando al delegarlo?
¿Qué capacidad dejo de practicar?
¿Qué experiencia humana estoy evitando?
¿Quiero convertirme en alguien que ya no necesita ejercerla?

Jamás se ha tratado de ser antitecnológico ni de romantizar toda dificultad.

Necesitamos aprender a discernir.

Parafraseando a Jacque Fresco: la promesa más noble de la tecnología no debería ser producir más, sino liberar tiempo, energía y sensibilidad para que podamos descubrir qué significa ser humanos.