Toda historia de amor contiene su despedida desde el primer beso.
Es una tarde de la primera semana de mayo de 2021. Después de acercarme bastante —y de que no se alejara mientras le mostraba fotos de mi último viaje a Cuzco— a una chica que me tenía locamente enamorado, le “robo” un beso. Ella me lo devuelve con gusto, y de ahí empieza una relación muy hermosa.
Un poco más de tres años después, a finales de septiembre de 2024, tras superar desafíos difíciles, convivir juntos, hacer planes de boda, crecer, atravesar duelos duros y sostenernos en nuestra vulnerabilidad, con mucho dolor decidimos abrazarnos, perdonarnos y despedirnos para siempre. No volvernos a ver nunca más.
¿Por qué pensamos que tiene que durar hasta viejos?
¿Quién nos vendió la idea del “para siempre”?
Nunca pensé que lo más difícil de amar fuera la despedida.
Siempre creí que lo difícil era encontrar a alguien.
Proyecté una idea casi perfecta del amor: permanencia, felicidad, estabilidad. La sensación de que, pasara lo que pasara, siempre había una alternativa, y terminar no iba a ser una opción.
Durante mucho tiempo creí que el amor verdadero era el que resistía todo. El que sobrevivía a la rutina, al desgaste, al paso del tiempo.
Ahora no. Entendí algo que, si soy honesto, todavía estoy tratando de aceptar.
Empiezo a sospechar que el amor romántico no está hecho para quedarse.
Desde pequeño he sido fan del juego, me encantaba jugar. Pasaba horas jugando con mis juguetes, inventando un lore y un guion con historias y desarrollos de personajes, con desenlaces, dramas y traiciones. Mi creatividad e imaginación estaban a flote. Y todas esas historias solo yo las conocía, y nadie más; eran para mí y solo para mí, el disfrute era permanente.
También dibujaba, creaba muchos personajes, héroes, antihéroes, villanos y secuaces. Practicaba mucho deporte, sobre todo fútbol, mucho fútbol, baloncesto y voleibol, y demasiadas horas jugando videojuegos.
En aquel tiempo, la vida como niño y adolescente estaba más llena de juego y, de alguna manera, en mi caso al menos, era mucho más divertida.
No sentía el peso ni la rigidez de ahora, esas expectativas fuertes frente a los demás, frente a la sociedad, el clásico “debería hacer esto porque ya tengo esta edad”, “una casa, un carro, casarme, etc.” Y bueno, aunque tenía responsabilidades de adolescente, como ir al colegio o hacer tareas, no era lo que reinaba o dominaba mis pensamientos.
«Las cosas que los niños y niñas aprenden por iniciativa propia durante el juego libre, no pueden ser aprendidas de otra manera” Peter Gray.
Cuando empiezas a ser adulto, lentamente se empieza a perder ese disfrute, esta visión de la vida. De repente, tu vida gira en torno, casi exclusivamente, al trabajo y a las obligaciones de la vida adulta. Y aun si eres de los pocos privilegiados que tienen un trabajo que les gusta y disfrutan, habrá momentos en que se tornará pesado: papeleos y actividades burocráticas que seguramente no disfrutarás del todo.
Si tuviste una infancia de juego, verás con nostalgia esos tiempos en los que no querías ir a dormir porque querías seguir jugando.
Ahora seguramente se preguntarán: “Pues sí, pero ya crecimos, nos corresponde ser adultos responsables, no podemos vivir en fantasías”.
En muchas ocasiones me he encontrado en conversaciones con familiares y amigos donde hablábamos, de forma indirecta, de verdades o realidades que nos afectan a todos los seres humanos.
De que la vida es corta. De que no podemos darla por sentada.
Por ejemplo, en alguna conversación entre copas con amigos, uno de ellos comentaba:
“La vida no la tenemos comprada y hay que disfrutar cada momento vivido, por minúsculo que sea.”
Y con toda razón: es una verdad que se aplica de forma universal a todos los seres humanos en este planeta. Una verdad que nos recuerda la mortalidad y la impermanencia de las cosas.
Aunque estoy completamente de acuerdo con tal afirmación, mi amigo rara vez la ponía en práctica, pues se enojaba a menudo por problemas menores. Frecuentemente se quejaba de por qué el tráfico es tan malo, de por qué en el restaurante lo atendieron pésimamente o de por qué no pudo cerrar un negocio. Muy a menudo se le veía con ansiedad e intranquilidad; por defecto, estaba enojado.
Realmente no podría juzgarlo. Vivió momentos muy duros durante toda su vida y sus circunstancias fueron bien difíciles. Sospecho que había algo más, pero ese no es mi punto.
Pero a lo que voy es que no solo era él; también lo he visto en otras personas, en la mayoría, de hecho. Es extraño encontrar a alguien que realmente lo ponga en práctica.
Hoy en día tenemos gente que se tatúa la frase Memento Mori, pero pasan más de cinco horas scrolleando en Instagram y TikTok diariamente.
Deseamos una vida larga, pero en el momento en que tenemos tiempo libre, no sabemos qué hacer con él.
¿Por qué? ¿Por qué sabiendo la verdad de manera objetiva, tácitamente la negamos, actuamos como si no fuera cierta, procrastinamos e ignoramos vivir esa verdad?
Desde que tengo consciencia, he escuchado calificativos como
“Esa persona es Mala”
“No te juntes con ellos, esos parecen ser amigos pero son malos”
o sentencias más fuertes como:
“Ese hombre es la maldad personificada”
Lo ultimo típicamente refiriéndose a personajes
que cometieron actos terribles por supuesto, como Hitler o Pol Pot.
No entrare en detalle en este articulo sobre lo perjudicial y poco preciso que suele traer el uso del verbo “ser”, ni tampoco en toda la mitologia que rodea la maldad.
Pero sí quiero centrarme en tratar de argumentar lo que expongo en el título.
Empecemos :
Tomemos como punto de partida la frase “La maldad personificada”.
Queriendo decir que alguien puede encarnar físicamente este fenómeno llamado “Maldad”.
Pero, ¿dónde podríamos encontrarla si no está personificada? ¿Si no podemos verla en los actos crueles que podría cometer un ser humano?
Solo se me ocurren 2 lugares.
Fenómenos naturales y Animales no-humanos.
¿Tal vez en desastres naturales, terremotos, volcanes o inundaciones?.
Veamos, debemos reconocer que, durante miles de años —incluso antes de que existiera vida sintiente — el planeta ya ha pasado por cambios drásticos y ha experimentado una gran cantidad de fenómenos y cataclismos naturales.
Es más, gracias al meteoro que extinguió a los dinosaurios, hoy estamos aquí. Ese fenómeno, indirectamente, permitió la aparición y proliferación de los mamíferos, lo que finalmente allanó el camino para la evolución del ser humano.
Si estos fenomenos existian antes de la vida sintiente, y aun siguen pasando, no hay razon para afirmar que existe una agenda hostil. Me inclino a pensar lo que afirmaba mi divulgador cientifico preferido Carl Sagan.